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Gaspar Hernández – El silencio (PDF) Gratis

Gaspar Hernández – El silencio (PDF) Gratis

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Introduccion del Libro Gaspar Hernández – El silencio (PDF) Gratis

Esta es la noche más inquietante, porque estás profundamente dormida, bajo los efectos de un somnífero, y tengo que hablarte hasta que entre por la ventana la luz clara y limpia de la isla. Serás mi oyente dormida. No hay peligro de que despiertes, el de hoy ha sido el primer somnífero de tu vida, así que voy a hablarte en voz alta. Sí, voy a intentar sacar la voz de la radio, alta y calmosa, pero de momento te pido disculpas: estoy nervioso. A medida que avance la noche espero estar a la altura de las circunstancias y lograr esa voz con la que debería trasmitir, me dijiste, una vibración especial. Me pareció entender que te referías a la vibración que debe tener la voz cuando nos dirigimos a las plantas —disculpa la comparación— y con el tiempo crecen más esplendorosas. Esta semana he sabido que un investigador de tu país asevera que las palabras modifican la estructura molecular del agua, o sea, nuestra estructura molecular, puesto que somos básicamente agua, igual que las plantas. Tú crees que las palabras y las vibraciones te pueden curar, y yo lo respeto; pero tu médico se echaría las manos a la cabeza si supiera que su paciente, enferma de cáncer, pretende curarse de esta manera tan extravagante, y en sólo una noche. Por fin esa noche ha llegado, y me tiembla la voz.

Me sorprende tu respiración: estaba acostumbrado a oír en ti una respiración precisa, muy sonora, amplificada por el cuello, por la glotis que forzabas durante las clases para que yo siguiera, como una pauta, la entrada y la salida del aire. Tu respiración ahora, en cambio, va y viene
ajena a la voluntad y parece utilizar tu cuerpo para transitar por él, como a través de una caña. Pausas limpias entre la inspiración y la espiración: intento focalizar la atención en esta pausa breve, en el instante fugaz en el que la inhalación y la exhalación confluyen, pero mis pensamientos circulan en otra dirección. Hace medio año me enseñaste que los pensamientos no se pueden controlar, que sólo podemos dejarlos desfilar, como si fueran nubes. Lo explicaste entre risas, como siempre; cuando reímos somos felices porque no pensamos. Yo creo, Umiko, que tienes un auténtico talento para la felicidad. Felicidad, una palabra azucarada y merengosa, aunque incluso los científicos la utilizan: científicos de la Universidad de Wisconsin han concluido que un biólogo molecular francés de unos sesenta años, que hace treinta abandonó la ciencia para abrazar el budismo, es «el hombre más feliz del planeta». Hace años que investigan su cerebro, sometiéndolo a resonancias magnéticas de hasta tres horas de duración, conectándole, si mal no recuerdo, hasta 265 sensores para medir los niveles de irritabilidad, enojo, placer o satisfacción. Después de comparar los resultados con los de otros centenares de voluntarios, resulta que este monje budista francés ha desbordado todas las previsiones: su cerebro, de gran plasticidad, tiene una facilidad colosal para alejar los pensamientos negativos y concentrarse en los positivos. Un cerebro entrenado, como si fuera un músculo, para suprimir sentimientos que creíamos inherentes a la condición humana. Estoy convencido, querida Umiko, de que ahora mismo, y a pesar de la enfermedad, conseguirías unos resultados parecidos. De hecho, cuando te conocí, tuve la impresión de que, pese a ser joven y bella, tenías algo de monja budista (aunque ¿dónde está escrito que las monjas budistas no puedan ser atractivas?). Quién iba a decir que tu cerebro tan bien adiestrado enfermaría gravemente. Después de la primera resonancia magnética, el médico te comunicó que tu expectativa de vida era de unos dos meses. Ya han pasado siete semanas.

Te hablo con un escrúpulo de pudor, me da vergüenza mirarte. Como puedes comprobar sigo tus enseñanzas y me fijo en las sensaciones que me asaltan. También me enseñaste a volver al presente siempre que la cabeza se me fuera al pasado o al futuro o se dedicara a hacer conjeturas. El presente de tu casita blanca, de la ventana entreabierta, con el sonido del viento oscuro silbando afuera, las olas rompiendo contra los acantilados. El presente del olor a incienso, la lámpara de papel blanco de arroz, el termo de té verde por si me invade el sueño. Cuando entré en la habitación ya dormías (he tropezado con el tatami y ni te has inmutado), y cuando me vaya continuarás profundamente dormida. Llegará un momento en que amanecerá y oiré el chasquido de alguna moto volviendo del cabo de Barbaría, la isla infestada de ciclomotores, y entonces me pondré los zapatos, me iré sin hacer ruido, cogeré el primer barco hacia Ibiza y después un avión a Barcelona, soñoliento, incapaz de distinguir la noche de la vigilia, porque no habré dormido ni cinco minutos. Ni quiero ni puedo dormir, estoy como un médico el día de su estreno, tengo que cumplir una tarea sumamente importante. Tu amiga Pema me ha advertido esta tarde: «Es un ejercicio crucial. ¿Estás preparado?» La he observado sin atreverme a decir nada. Debo de haber estado, más o menos, un minuto absorto en la ventana, la mirada perdida en las olas finas del mar; incluso he estado a punto de morderme las uñas (yo, que no me las muerdo desde que era pequeño). «¿Estás nervioso, quizás?» Sí, estaba nervioso, querida Umiko; estaba nervioso y aún lo estoy; lo quieras o no, me encuentro sometido a una gran presión. «No te sientas presionado», me ha dicho tu amiga con ese aire suyo tan atolondrado, «pero has de saber que hace una semana que estamos diseñando con pelos y señales el ejercicio clave de esta noche, que seguro harás a la perfección. Eres la persona ideal. Eres un especialista de la voz. Sabrás crear la vibración adecuada. Por eso te hemos escogido. Y por otra razón de índole personal, que ahora no viene al caso.» Y entonces no me he atrevido a responderle, querida Umiko, que quizás se trataba de un malentendido, que si bien es cierto que me gano la vida gracias a mi voz, también es cierto que soy una persona normal (aunque el calificativo de «normal» no sé muy bien qué significa), y que no tengo nada de esotérico, a diferencia de ella. Me ha preguntado: «¿Necesitas algo para la voz?» «¿Qué quieres decir?» «Si necesitas beber algo caliente para la garganta o hacer algún ejercicio de preparación.» He contestado que no, gracias; solamente necesitaba tiempo para ordenar mis ideas. Y puesto que finalmente no he podido disponer de ese tiempo —sólo he tenido un rato para preparar alguno de los aspectos que quiero enfatizar durante esta noche y madrugada—, siento decirte, querida Umiko, que tendré que ordenarme las ideas a medida que vaya hablando. O sea, que voy a hacerte una retransmisión en directo de mis pensamientos. Tendré que explicarte, así, muchas cosas que ya sabes. Espero que no me lo tengas en cuenta. Necesito entender, a medida que avance la noche, por qué estoy aquí, por qué estás profundamente dormida, qué sentido tiene exactamente que yo te esté hablando seis o siete horas. Esto, hablarte, es la primera parte del ejercicio. De la segunda parte, la que Pema ha llamado «el acto de clausura de la noche», prefiero no decir nada todavía: me estremezco con sólo pensar.

Título: El silencio (PDF) Gratis
Autores: Gaspar Hernández
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 687 KB
Formato: PDF

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Gaspar Hernández – El silencio (PDF) Gratis Introduccion del Libro Gaspar Hernández – El silencio (PDF) Gratis Esta es la noche más inquietante, porque estás profundamente dormida, bajo los efectos de un somnífero, y tengo que hablarte hasta que entre por la ventana la luz clara y limpia de la isla. Serás mi oyente dormida. No hay peligro de que despiertes, el de hoy ha sido el primer somnífero de tu vida, así que voy a hablarte en voz alta. Sí, voy a intentar sacar la voz de la…

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