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Gabriel Allon – Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)

Gabriel Allon – Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)

Gabriel Allon - Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)

Gabriel Allon – Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Gabriel Allon – Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)

Gabriel Allon es un veterano espía que vive casi retirado, dedicado a la restauración de obras de arte para el Vaticano. Pero la violenta muerte de un periodista le hará volver a entrar en acción y regresar a la Rusia poscomunista, donde la corrupción y las mafias dominan el poder económico y político.

En este ambiente de tensión y violencia, el Mossad y la CIA descubren que un poderoso traficante de armas ruso está a punto de realizar una entrega a Al Qaeda que podría provocar una sangrienta oleada de atentados a escala mundial. Ante esta perspectiva, las agencias de inteligencia occidentales ponen en marcha un dispositivo para tratar de evitar el desastre, y Gabriel Allon se verá pronto al frente de la operación.

Aunque es un hábil y experimentado agente secreto, Gabriel deberá moverse ahora con cuidado, en un tablero de juego en el que no puede permitirse ni un solo error, ya que esta vez las reglas del juego las han escrito sus adversarios.

Prólogo

Como de costumbre, la invasión dio comienzo los últimos días de diciembre.

Llegaban en caravanas acorazadas por el sinuoso camino del valle del Ródano o tomaban tierra sobre la traicionera pista de aterrizaje en helicóptero o en avión privado. Multimillonarios y banqueros, magnates del petróleo o de los metales, top models y niños mimados…, la adinerada élite de una Rusia renaciente. Entraron en tropel en las suites del Cheval Blanc y del Byblos y requisaron los grandes chalets privados de la rue de Bellecôte. Reservaron durante noches enteras la discoteca Les Caves para fiestas privadas, y tomaron por asalto las ostentosas tiendas de La Croissette. Se agenciaron los mejores monitores de esquí y vaciaron las bodegas de su mejor coñac y champán. El 28 por la mañana ya no era posible conseguir cita en ninguna peluquería de la ciudad, y Le Chalet de Pierres, el afamado restaurante conocido por sus espectaculares asados de leña, ya no tomaba reservas hasta mediados de enero. Para Nochevieja, la conquista era ya absoluta. Courchevel, la selecta estación de esquí en lo alto de los Alpes franceses, era, una vez más, un pueblo bajo dominación rusa.

Solamente el hotel Grand Courchevel conseguía sobrevivir a la avalancha procedente del este. No era de extrañar, diría alguno de sus adeptos, ya que el Grand animaba a los rusos —al igual que a los huéspedes con niños— a buscar alojamiento en otros establecimientos. Sus habitaciones eran treinta, de dimensiones modestas, y se asignaban con sutil discreción. Al Grand no se iba para disfrutar de sanitarios de oro ni de suites del tamaño de un campo de fútbol, sino para saborear la vieja Europa.

El establecimiento era para aquellos que apreciaban degustar un Campari en el salón o demorarse con un café mientras leían Le Monde a la mesa del desayuno. Los señores cenaban de chaqueta y esperaban hasta después del desayuno para ponerse su equipo de esquí. Las conversaciones discurrían entre murmullos de confesionario, y hacían gala de una excepcional cortesía. Internet no había llegado aún al Grand, y los teléfonos eran temperamentales. Los clientes no parecían tener problemas con eso, pues solían ser de mediana edad y tan refinados como el propio hotel. Un ocurrente huésped de otro establecimiento más llamativo del Jardin Alpin dijo en una ocasión que la clientela del Grand estaba formada por «ancianos y sus padres».

El vestíbulo era pequeño, pulcro, y estaba caldeado por un fuego de leña bien atendido. A la derecha, cerca de la entrada del comedor, se encontraba la recepción, un abarrotado habitáculo con colgadores de bronce para las llaves y un casillero para los mensajes y el correo. A continuación, y cerca del único y jadeante ascensor del Grand, estaba el mostrador del conserje, que a primera hora de la tarde del 2 de enero se hallaba ocupado por Philippe, un exparacaidista francés que lucía las doradas llaves cruzadas del Instituto Internacional de Conserjes sobre su impecable solapa, y que soñaba con abandonar para siempre el negocio hotelero e instalarse de manera permanente en la granja de trufas de su familia, en Périgord. Sus pensativos ojos negros se concentraban en la lista de previsión de llegadas y partidas, que contenía una única entrada: «Lubin, Alex. Llegará en coche desde Ginebra. Habitación reservada: 237. Precisa alquilar esquís».

Philippe concentró en aquel nombre su mirada de avezado conserje. Tenía un don para los nombres. Era algo necesario en ese tipo de trabajo. Alex…, diminutivo de Alexander —dedujo—. ¿O acaso Aleksandr? ¿Alexei, tal vez? Levantó la vista y se aclaró la garganta con discreción. Una cabeza impecablemente acicalada asomó desde la recepción. Era Ricardo, el encargado de la tarde.

—Creo que tenemos un problema —dijo Philippe tranquilamente.

Ricardo frunció el entrecejo. Era español, del País Vasco. No le gustaban los problemas.

—¿De qué se trata?

Philippe le mostró la lista de llegadas.

—Lubin, Alex.

Con un impecable dedo índice, Ricardo pulsó algunas teclas de su ordenador.

—¿Doce noches? ¿Precisa alquilar esquís? ¿Quién tomó esta reserva?

—Creo que fue Nadine.

Nadine era la chica nueva, responsable del turno de cementerio, como llamaban en el elegante hotel al tumo de noche. Y, tras el crimen de reservarle una habitación a alguien con el nombre de Alex Lubin sin consultarlo antes con Ricardo, seguiría siéndolo por los siglos de los siglos.

—¿Crees que es ruso? —preguntó Ricardo.

—Culpable, sin duda.

Aceptó el veredicto sin apelación. Aunque superior en rango, Ricardo era veinte años menor que Philippe, y había llegado a depender enormemente de su experiencia y su buen juicio.

—Quizá podamos endilgárselo a alguno de la competencia.

—Imposible. No queda una sola habitación disponible de aquí a Albertville.

—Entonces me parece que tendremos que apechugar con él, a no ser, por supuesto, que se lo pueda convencer de que se vaya motu proprio.

—¿Qué estás proponiendo?

—El plan B, por supuesto.

—Un poco radical, ¿no te parece?

—Sí, pero es la única manera.

Título:Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB)
Autores: Gabriel Allon
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.0 MB
Formato: PDF-EPUB

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Gabriel Allon - Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Gabriel Allon - Las Reglas Del Juego (PDF-EPUB) Gabriel Allon es un veterano espía que vive casi retirado, dedicado a la restauración de obras de arte para el Vaticano. Pero la violenta muerte de un periodista le hará volver a entrar en acción y regresar a la Rusia poscomunista, donde la corrupción y las mafias dominan el poder económico y político. En este ambiente de tensión y violencia, el Mossad y la CIA descubren que un poderoso…

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