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Fran Zabaleta – La Cruz De Ceniza (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

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Introduccion del Libro Fran Zabaleta – La Cruz De Ceniza (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Primeras décadas del siglo XVI. Las guerras, el hambre y la injusticia asolan Europa y por doquier surgen movimientos que sueñan con un mundo mejor. Los anabaptistas son los más radicales: viven en comunidades aisladas, se niegan a participar en la guerra y a pagar impuestos, rechazan la propiedad privada y el dinero, imponen la posesión comunal de los bienes… Sus doctrinas pronto se evidencian muy peligrosas para los poderes establecidos.

En la primavera de 1536, tras una noche de tormenta, a la playa que baña los pies de la perdida abadía de Santa María de Oia, en Galicia, arriban dos náufragos: un antiguo fraile y un chiquillo. El fraile es Baltasar Sachs, hereje anabaptista, un hombre acuciado por el deseo de Dios que, como muchos de sus contemporáneos, se siente traicionado por una Iglesia que predica la justicia y vive enfangada en el oropel. El chiquillo, Jean, es hijo de la condesa Françoise de Foix y, se rumorea, del que fue su amante, el rey Francisco I de Francia. Jean es perseguido con ahínco por agentes de las principales cortes europeas.

Con un estilo único e intenso, que atrapa la atención del lector y le transporta al siglo XVI, Fran Zabaleta y Luis Astorga narran las andanzas de Baltasar y Jean, involuntarias marionetas de los poderosos, a través de una Europa arrasada por las guerras de religión.

La cruz de ceniza es un relato que fascina desde la primera página, un fresco histórico que retrata el nacimiento del luteranismo y recrea una época turbulenta que culmina con el surgimiento del utópico reino mesiánico de Münster, en Alemania, último refugio de los herejes anabaptistas.

Prólogo

El primero que descubrió los cuerpos sobre la arena fue el padre Gregorio, el herbolario. El monje gustaba de la soledad de la madrugada. Solía aprovechar las primeras horas del día, entre laudes y prima, para recorrer los alrededores del monasterio con la excusa de recoger hierbas con las que abastecer su botica. Eran horas serenas, en las que la mente fresca podía divagar sobre lo humano y lo divino sin temor, pues el alba ahuyenta las tinieblas y aleja los espantos de la noche.

Aquel día se había levantado más temprano de lo habitual. Estaba ya bien entrada la primavera, que sería por san Marcos, pero aún los días amanecían frescos, por lo que se arrebujaba en su hábito y vestía, por encima, la cogulla con la capucha puesta. Franqueó los muros que cerraban el monasterio por un portillo lateral que se abría tras la huerta. Más allá, un sendero descendía hacia la cercana caleta. Las tinieblas dominaban gran parte del cielo y solo por el este, tras la barrera montañosa de la Groba, comenzaba a insinuarse algo de claridad.

Se detuvo a respirar el aire salobre. Había llovido por la noche y la atmósfera tenía sabor a mar revuelta y savia nueva. Un estruendo de gaviotas rompía la quietud de la amanecida y hablaba de tormentas en el seno de las aguas.

Contempló las evoluciones nerviosas de las aves mientras bajaba hacia la ensenada, una reducida lengua de arena flanqueada por las abruptas rocas del rompiente.

Nada más pisar la playa se dio cuenta de que algo había sucedido. Aquí y allá, desperdigados por la marea, yacían los restos desmadejados de un naufragio: maderas, sogas, barriles…, sombras inertes, como cachalotes varados a la luz escasa del alba. Avanzó en la penumbra, deteniéndose de cuando en cuando por ver si reconocía entre los despojos alguna pista sobre lo acaecido. Quizá el desastre hubiera sido causado por la tormenta. La costa de Oia era escarpada, de bajíos traicioneros y afiladas rocas ocultas apenas bajo una lámina de agua. Aunque también podía ser, pensó, que la tragedia hubiera sido provocada por la mano del hombre.

No eran tiempos de paz. Desde que aquel infausto monje alemán, Lutero, vomitara su bilis contra la faz de la Iglesia, la marea de la herejía se abatía sobre la antes católica Europa y por doquier surgían falsos profetas como verrugas infectas sobre la piel de la cristiandad. Muchos nobles y ciudades, viendo la oportunidad de sacudirse el yugo de la autoridad imperial de don Carlos el Quinto, alzaban la bandera de la religión reformada en una absurda guerra que parecía no tener fin.

Por si no fuera suficiente, dos meses atrás el francés había atacado Saboya e iniciado la tercera de sus guerras contra el Emperador. Los mares estaban infestados de navíos franceses armados en corso que acechaban cualquier oportunidad para llenar sus bodegas con las codiciadas mercancías que llegaban de Flandes.

Se había agachado para examinar unas cabillas del cordaje cuando un bulto llamó su atención. Estaba parcialmente oculto por unas rocas, cerca de la orilla, lo que explicaba que no lo hubiera visto antes. Semejaba el cuerpo de un hombre.

No era uno, sino dos los cuerpos que yacían desmadejados contra un peñasco. El primero era un hombre de unos cuarenta años, quizá más, pues su pelo largo y enmarañado estaba totalmente blanco. No lo había visto nunca. Tenía un rostro afilado y su figura más parecía de espantapájaros quebrantado que de humana criatura, a juzgar por lo delgado y retorcido que estaba.

Apoyado contra él, como si el hombre hubiera querido protegerlo de la furia de la mar, un niño de nueve o diez años tiritaba de frío. Llevaba unos calzones largos y una camisa de lienzo muy maltratada y su rostro, aun en aquellas condiciones, era de facciones hermosas y bien proporcionadas.

Al descubrir al monje, el chico se abrazó al cuerpo inerme que yacía a su lado.

Fue en ese instante cuando su mirada pareció desvariar, como si la mente agotada renunciase a seguir sosteniendo las riendas de la cordura. En apenas un segundo atravesaron la máscara del rostro mil emociones distintas que pugnaban entre sí por escapar. Lo que vio el padre Gregorio en aquel semblante solo mucho después sería capaz de ponerlo en palabras, ayudado por el sosiego que da el tiempo a los recuerdos. Pues por aquellos ojos infantiles pasó una tormenta en un santiamén, un torbellino de temor y rabia y angustia, un enflaquecimiento y una sabiduría tan impropia del frágil cuerpo del infante que el fraile supo, sin asomo de dudas, que aquella criatura había visto y padecido mucho más en sus pocos años que otros en luengas vidas.

Título: La Cruz De Ceniza (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: Fran Zabaleta
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 4.6 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2

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Fran Zabaleta - La Cruz De Ceniza (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro Fran Zabaleta - La Cruz De Ceniza (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Primeras décadas del siglo XVI. Las guerras, el hambre y la injusticia asolan Europa y por doquier surgen movimientos que sueñan con un mundo mejor. Los anabaptistas son los más radicales: viven en comunidades aisladas, se niegan a participar en la guerra y a pagar impuestos, rechazan la propiedad privada y el dinero, imponen la posesión comunal de los bienes… Sus doctrinas pronto se evidencian muy peligrosas para los…

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