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Fiódor Mijáilovich Dostoyevski – La mansa (PDF-EPUB)

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski – La mansa (PDF-EPUB)

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski - La mansa (PDF-EPUB)

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski – La mansa (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Fiódor Mijáilovich Dostoyevski – La mansa (PDF-EPUB)

… Mientras ella esté aquí, todo va bien: a cada instante me acerco a mirarla, pero ¿qué será de mí cuando se la lleven mañana y me quede solo? Ahora está en la sala, sobre la mesa, o mejor, sobre las dos mesas de juego que han puesto juntas; el ataúd lo traerán mañana, un ataúd blanco, guarnecido de gros de Naples… pero no es de eso de lo que quería hablar… No hago más que ir de un lado a otro, tratando de encontrar alguna explicación. Hace ya seis horas que lo intento y aún no he conseguido concentrar mis pensamientos en un solo punto. El caso es que no paro de ir de aquí para allá, de aquí para allá… Así es como han sucedido las cosas. Simplemente voy a contarlo por orden. (¡Por orden!) Señores, yo no soy ningún literato, como ya os habréis dado cuenta, pero qué más da: contaré las cosas como las entiendo. Eso es precisamente lo que me espanta: ¡que lo entiendo todo!

Por si quieren saberlo les diré –pues hay que empezar a contar las cosas por el principio– que ella había venido a mi casa a empeñar algunos objetos para poder pagar un anuncio en La Voz en el que, entre otras cosas, se decía que una institutriz aceptaría trabajar fuera de la ciudad, dar clases a domicilio, etc. Eso era al comienzo mismo, cuando yo, naturalmente, no la distinguía de los demás: venía como tantos otros, nada más. Luego empecé a fijarme en ella. Era delgadita, muy rubia, más bien alta que baja; conmigo siempre se mostraba un poco incómoda, como si se sintiera cohibida (creo que era así con cualquier extraño, y yo, ni que decir tiene, le importaba tanto como cualquier otro, quiero decir como persona, no como prestamista). En cuanto recibía el dinero, daba media vuelta y se marchaba. Y todo en silencio. Otros discuten, piden, regatean para que les den más; pero ella no, cogía lo que le daban…

Creo que estoy perdiendo el hilo… Sí; lo primero que me sorprendió fueron los objetos que me traía: unos zarcillos de plata bañados en oro, un medalloncito de poca monta; objetos, en fin, de muy escaso valor. Ella misma sabía que no valían nada, pero yo veía en su cara que para ella eran preciosísimos; y, en efecto, más tarde me enteré de que era todo lo que le habían dejado sus padres. Solo una vez me permití reírme de sus cosas. Por lo demás, como comprenderán ustedes, nunca me permito tales reacciones; el tono que adopto con mis clientes es el de un auténtico caballero: pocas palabras, corteses y severas. «Severidad, severidad y severidad.» Pero un día se le ocurrió traerme los restos (y nunca mejor dicho) de una vieja chaquetilla de piel de liebre, y yo no pude contenerme y le dije algo que pretendía ser una broma. ¡Dios santo, se puso como la grana! Tenía ojos grandes, azules, pensativos, pero ¡cómo centellearon! No obstante, no dijo ni una palabra, cogió sus «restos» y se marchó. Fue entonces cuando por primera vez reparé y pensé en ella de esa manera, es decir, de una manera especial. Sí; aún me acuerdo de una impresión, la impresión principal, si ustedes quieren, la síntesis de todo: a saber, que era terriblemente joven, tan joven que uno le habría echado catorce años, cuando en verdad solo le faltaban tres meses para cumplir los dieciséis. No obstante, no es eso lo que quería decir, no es ahí, ni mucho menos, donde está la síntesis. Al día siguiente apareció de nuevo. Más tarde me enteré de que había ofrecido la chaquetilla de marras a Dobronrávov y a Mózer, pero ellos no aceptan nada más que oro, así que no quisieron hablar siquiera del asunto. Yo, en cambio, le había aceptado una vez un camafeo (una baratija, la verdad), aunque después, al reflexionar, me había asombrado: yo tampoco acepto más que oro y plata, y sin embargo a ella le tomé el camafeo. Fue la segunda vez que pensé en ella, lo recuerdo muy bien.

En aquella ocasión, es decir, después de haber estado en casa de Mózer, me trajo una boquilla de ámbar, un objeto curioso para un aficionado, pero para nosotros una vez más desprovisto de valor, pues nosotros solo aceptamos oro. Como volvía después del motín de la víspera, la recibí con severidad. En mi caso, severidad significa sequedad. No obstante, al entregarle los dos rublos, no pude contenerme y le dije con cierto enfado: «Lo hago únicamente por usted; Mózer nunca le habría aceptado una cosa así». Subrayé de manera especial las palabras «por usted», con intención de darles cierto sentido. Estaba enfadado. Al oír ese «por usted», ella volvió a ponerse colorada, pero se calló, no arrojó el dinero, lo aceptó. ¡Lo que hace la pobreza! Pero ¡qué colorada se puso! Me di cuenta de que la había ofendido.

Cuando se fue, me pregunté de pronto: ¿acaso esa victoria sobre ella no vale dos rublos? ¡Je, je, je! Recuerdo que me hice dos veces esa misma pregunta: «¿Los vale?

¿Los vale?». Y, riendo, contesté afirmativamente. Me sentí entonces muy contento.

Pero no era un mal sentimiento: lo había hecho a propósito, de manera deliberada; quería probarla, porque empezaban a fermentar en mí ciertas ideas que la concernían.

Fue la tercera vez que pensé en ella de manera especial.

En fin, fue en ese momento cuando empezó todo. Naturalmente, enseguida procuré informarme de todas las circunstancias por medio de terceros y esperaba su llegada con particular impaciencia. Pues presentía que no tardaría en volver. Cuando se presentó, entablé una amable conversación, haciendo gala de una extremada cortesía. No carezco de educación ni de modales. ¡Hum! Entonces me di cuenta de que era buena y sumisa. Las personas buenas y sumisas no se resisten mucho y, aunque no son muy expansivas, no saben eludir la conversación: responden con parquedad, pero responden, y, cuanto más avanza la conversación, más cosas dicen; basta con no cansaros, si queréis conseguir algo. Ni que decir tiene que en esa ocasión no me explicó nada. Solo después me enteré de lo del anuncio de La Voz y de todo lo demás. En aquella época empleaba sus últimos recursos en anuncios; al principio, naturalmente, con pretensiones: «Institutriz, aceptaría trabajar en provincias; enviar condiciones por correo». Luego: «Se acepta cualquier clase de trabajo: clases, dama de compañía, ama de llaves, cuidado de enfermos, costura», etc., etc. Ya saben cómo es eso. Desde luego, todos esos detalles se fueron añadiendo al anuncio poco a poco; al final, cuando ya era presa de la desesperación, llegó a escribir: «Por la manutención, sin salario». ¡No, no encontraba colocación! Decidí entonces ponerla a prueba por última vez: cogí el número del día de La Voz y le enseñé un anuncio: «Muchacha joven, huérfana de padre y madre, trabajaría de institutriz de niños pequeños, preferentemente en casa de un viudo maduro. Puede ayudar a llevar la casa».

Título: La mansa (PDF-EPUB)
Autores: Fiódor Mijáilovich Dostoyevski
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 489 KB
Formato: PDF-EPUB

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Fiódor Mijáilovich Dostoyevski - La mansa (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Fiódor Mijáilovich Dostoyevski - La mansa (PDF-EPUB) … Mientras ella esté aquí, todo va bien: a cada instante me acerco a mirarla, pero ¿qué será de mí cuando se la lleven mañana y me quede solo? Ahora está en la sala, sobre la mesa, o mejor, sobre las dos mesas de juego que han puesto juntas; el ataúd lo traerán mañana, un ataúd blanco, guarnecido de gros de Naples… pero no es de eso de lo que quería hablar……

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