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Fernando Gamboa – Tierra de nadie (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

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Introduccion del Libro Fernando Gamboa – Tierra de nadie (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Aquel mediodía de finales de agosto de 1937, el sol se abatía como una maldición bíblica sobre los quinientos hombres del Batallón Lincoln que marchaban por el estrecho camino de tierra, formando una columna más o menos homogénea que se prolongaba durante casi medio kilómetro. Cargaban cada uno de ellos con un fusil máuser, una manta, un hato con una taza y un plato de latón, municiones en el cinto y un par de mudas tan desgastadas y sucias como las que llevaban puestas en ese momento. Cubiertos del fino polvo amarillo de aquellas tierras, semejaban un fatigado desfile de muertos vivientes que hubieran salido a dar una vuelta.

El hipnótico canto de las cigarras se sobreponía al áspero rumor de mil botas arrastrándose. Allá donde se dirigiera la vista, campos de olivos y tierras resecas y abandonadas a causa de la guerra se extendían hasta el horizonte. A sus espaldas, hacía horas que había desaparecido en la distancia el humeante campanario del pueblo de Quinto, conquistado apenas el día anterior a un precio demasiado alto por aquellos mismos hombres. Al frente, se perfilaba contra un cielo azul desvaído la silueta oscura, chata y alargada del lugar que era su auténtico destino: Belchite.

El teniente Alejandro M. Riley caminaba a la cabeza de la Primera Compañía. El pelo negro sucio y alborotado le caía sobre la frente casi hasta la altura de los ojos ambarinos, entrecerrados hasta ser poco más que dos finas muescas enmarcadas en una espesa barba que cubría su ancha mandíbula y que no había podido afeitarse desde hacía dos semanas. La camisa que tiempo atrás había sido blanca se le pegaba al cuerpo como una apestosa segunda piel, los gastados pantalones de lanilla parecían de esparto, las viejas botas apenas se alzaban del suelo a cada paso y la pistola Colt que llevaba al cinto le pesaba como si cargara un mortero.

Alex Riley avanzaba con el paso cansino de alguien que lleva marchando desde la madrugada bajo un calor infernal, pero se obligaba a mostrarse animado para no aparentar debilidad ante los soldados que le acompañaban formando un pequeño grupo de avanzadilla. Ahí estaban entre muchos otros los sargentos Vernon Shelby — un estudiante de West Point que no terminó la carrera—, John G. Honeycombe —miembro del Partido Comunista de California—, Harry Fisher —un arquitecto de Ohio recién graduado— y Joaquín Alcántara, un orondo cocinero gallego radicado en Brooklyn, fiel amigo de Alex desde el inicio de la guerra y que le había salvado la vida durante el nefasto asalto del Pingarrón seis meses atrás.

En ese momento, levantando una nube de polvo a su paso, los alcanzó el comandante Robert Merriman a lomos de un caballo tordo.

Tirando de las riendas hizo que el animal se detuviera junto a ellos y con un ágil movimiento descabalgó de un salto y se plantó frente a Riley.

El antiguo profesor de economía de la universidad de California y ahora comandante de aquel batallón integrado únicamente por voluntarios estadounidenses era un hombre inteligente y resuelto. Bien parecido, era tan alto como Riley y en cualquier circunstancia lucía impecable su gorra de plato, la guerrera de comandante y unas botas de caña alta hasta las rodillas que semejaban inmunes al pegajoso polvo de los campos españoles.

—¿Cómo va todo por aquí, Alex? —preguntó sin preámbulos, haciendo un aparte con él.

—Bastante bien —contestó, y echando un breve vistazo a los hombres añadió—: Aunque creo que este sería un buen momento para descansar y reponer fuerzas a la sombra de los olivos; los hombres están exhaustos.

Merriman miró a su alrededor, entrecerrando los párpados tras sus anteojos.

—Me parece una buena idea. Acamparemos aquí a la espera de órdenes. Y ocúpese de que caven unos cuantos pozos de tirador en el límite del olivar. No quiero sorpresas.

—A la orden —contestó, y acercándose le preguntó en voz baja—: ¿Le han dicho para cuándo tiene planeado el asalto?

Merriman torció el gesto.

—Quién sabe, Alex —le contestó en el mismo tono, fuera del alcance de los oídos de los hombres—. Ojalá que nunca. Ya sabes que pienso que atacar este cochino pueblo es una soberana estupidez que nos va a costar tiempo y vidas, pero en el Ministerio de Guerra insisten en que lo hagamos y nadie ha sido capaz de convencer a Indalecio Prieto de lo contrario. Así que… —dejó la frase sin acabar, encogiéndose de hombros.

Riley chasqueó la lengua con desagrado.

—Ya.

—Exacto —coincidió Merriman—. De modo que quedémonos aquí y esperemos acontecimientos.

—¿Cree que podrían cambiar de opinión? —inquirió el teniente, levemente esperanzado.

El comandante Merriman negó con la cabeza.

—Nunca lo hacen —le recordó.

Y dicho esto se acercó al caballo, caló la bota en el estribo y, con la misma facilidad que había empleado al descabalgar, volvió a subir a él y regresó a retaguardia levantando una nube de polvo a su paso…

Título: Tierra de nadie (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: Fernando Gamboa
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 4.3 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2

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Fernando Gamboa – Tierra de nadie (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro Fernando Gamboa – Tierra de nadie (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Aquel mediodía de finales de agosto de 1937, el sol se abatía como una maldición bíblica sobre los quinientos hombres del Batallón Lincoln que marchaban por el estrecho camino de tierra, formando una columna más o menos homogénea que se prolongaba durante casi medio kilómetro. Cargaban cada uno de ellos con un fusil máuser, una manta, un hato con una taza y un plato de latón, municiones en el cinto y un par de…

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