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Félix J. Palma – Las interioridades (PDF-EPUB)

Félix J. Palma – Las interioridades (PDF-EPUB)

Félix J. Palma - Las interioridades (PDF-EPUB)

Félix J. Palma – Las interioridades (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Félix J. Palma – Las interioridades (PDF-EPUB)

Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco. Descargando la ceniza sobre aquellos ripios de enamorado, hablamos de fútbol, de música, de los hijos, de las cosas de fuera, con la extraña sensación de que no sólo estábamos matando la espera, sino que de alguna forma nos estábamos reconociendo como afines. Fueron los primeros balbuceos fraternales de dos almas que se aproximan la una a la otra con pudorosa lentitud, disimulando el entusiasmo, puede que la desesperación, como si no quisiéramos desvelar al contrario una vida desprovista de amistades tan profundas como la que parecía querer romper entre nosotros.

Lo cierto es que la oscuridad de los armarios se tolera mejor en compañía. Y Moncada se me antojó la compañía perfecta: era buen conversador y se replegaba en su rincón con pericia de armadillo, obsequiando a su acompañante con un generoso espacio para moverse. Cuando observé que traía un termo de café y una tartera con emparedados comprendí que no estaba compartiendo armario con cualquiera. Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, antes de comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo. Cuando agotó su repertorio de carantoñas, Moncada, en un tono dulce pero teatralmente autoritario, ordenó a su vástago que se fuera a la cama, que papá llegaría muy tarde esa noche.

Luego, de nuevo ante su esposa, abominó del trabajo y se deshizo en excusas y futuras compensaciones, en una cantinela en la que lo único novedoso debió ser el emotivo verso con el que la remató, leído sobre la marcha del cenicero. No había duda de que Moncada era un tipo acostumbrado a aquella vida de armarios, y que incluso parecía haberle encontrado cierta gracia a los espacios angostos, a la oscuridad y a las largas esperas, quizá porque cargaba con un pasado de trincheras en alguna guerra remota que le había originado un trauma, o tal vez porque, con un sentido del humor de lo más negro, consideraba aquellas estancias como ensayos para la estrechez definitiva del ataúd. Eran pasadas la medianoche y la conversación se encontraba en lo más álgido cuando, con unos golpecitos en la puerta, Silvia Pizarro nos avisó de que ya podíamos salir. Ambos nos descalzamos y, con los zapatos colgándonos de los dedos como ratas muertas, abandonamos el armario sin la certeza de volver a vernos.

Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Pizarro, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes.

Título: Las interioridades (PDF-EPUB)
Autores: Félix J. Palma
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 811 KB
Formato: PDF-EPUB

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Félix J. Palma - Las interioridades (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Félix J. Palma - Las interioridades (PDF-EPUB) Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro,…

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