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Félix J. Palma – Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)

Félix J. Palma – Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)

Félix J. Palma - Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)

Félix J. Palma – Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Félix J. Palma – Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)

De todos los animales que Dios espolvoreó en el mundo, fue una iguana la única que advirtió que mi hijo Sergio moriría antes que yo. Se hallaba en la esquina de un escaparate, atareada en su inmovilidad, estudiando las costumbres de nuestra tribu con sus ojos verduscos. Cada vez que pasábamos por delante de ella camino del colegio, mi hijo me tiraba de la manga, señalaba el terrario, y me suplicaba que se la comprara, aunque hacía mucho que mis insobornables negativas habían empezado a desteñir el sentido de aquel ritual. ¿Para qué quería ese animal inanimado, si podía verme a mí pasar las tardes tirado en el sofá, contemplando la realidad con el mismo desapego? Luego, cuando cumplió los siete años, dejó de pedírmelo, porque entre nosotros se extendió un foso de silencio.

Y una mañana cualquiera de principios de marzo, mi hijo murió. La iguana —no sabía si la original o una sustituta, pero para el caso daba lo mismo— continuó palpitando miserablemente en el escaparate, sin mostrar ninguna sorpresa ante su ausencia, como si, de tanto sostenerle la mirada, el reptil hubiese logrado descifrarle el destino. Así, mientras a los demás se nos había pasado por alto, a aquel dragón de juguete no le resultó difícil descubrir que mi hijo había nacido con el porvenir trunco, que era uno de esos niños a los que a veces Dios se olvida de inventarles el futuro. Por el contrario, desde arriba dispusieron para él una muerte intempestiva y brusca, no exenta de vistosidad. Mi hijo pudo haber sido cualquier cosa en la vida, pero casi no tuvo tiempo de ser, porque murió a los siete años, convirtiendo en un acertijo el propósito de su existencia, escribiendo en el aire su historia incompleta.

Ajeno a su condición de criatura fugaz e inaprensible, el día de su muerte se levantó más excitado de lo normal. Se bebió el vaso de leche de un solo trago, e incluso comenzó a vestirte sin la ayuda de Salomé, como si siempre hubiese sabido cómo hacerlo. Cuando entró en la cocina, con su pequeña mochila a la espalda y sus botas de alpinista nuevas, el sol de la mañana que se filtraba por los cristales lo iluminó como el cañón de un foco, otorgándole la textura traslúcida de las apariciones. Al verme allí, me saludó con un lacónico movimiento de cabeza. Reparé entonces en que apenas podía contener una mueca de impaciencia, y comencé a apurar mi café con deliberada lentitud, contemplándole por encima de la taza. Era mi oportunidad. Sergio me observó escandalizado, pero enseguida recompuso su expresión indiferente. Probablemente habría pasado la noche en vela, demasiado nervioso para poder conciliar el sueño, y ahora, apenas media hora antes de la salida del autobús que lo llevaría a la sierra junto al resto de su clase, aún debía hacer frente a la pereza de su padre, que dilataba hasta el ridículo aquella pantomima, tratando de propiciar un estallido. Pero mi hijo permaneció silencioso e impasible, fingiendo que perder el autobús no le supondría ninguna tragedia.

¿Cómo había que proceder para esenterrar alguna emoción de su interior, algún indicio de esa alma aún por cartografiar que empezaba a cuajarle en el pecho? Acuné la taza entre mis manos, le sostuve la mirada, dejé que los minutos transcurrieran peligrosamente. Era la primera vez que empleaba un método semejante para tratar de mellar su imperturbabilidad. Y entonces ocurrió: mientras lo estudiaba en silencio me sorprendió encontrar ante mí un bosquejo de hombre.

Hacía tanto tiempo que no me detenía a mirar a mi hijo sin otro propósito que contemplarlo, que ahora me asombraba descubrir que, pese a mi desinterés, Sergio continuaba atareado en su crecimiento. Había empezado a perder las delicadas redondeces de la infancia, incluso aquel aire de duende torpe que impregnaba sus movimientos. Se estaba redibujando escarpado y liviano. Parecía hecho de suspiros trenzados, música o alguna otra materia sin peso. Dos meses antes había cumplido siete años, y las cuatro o cinco momias que vivían en nuestro edificio, que son quienes realmente entienden de estas cosas porque han visto elevarse un surtido nada desdeñable de hijos, nietos y biznietos, insistían en que era muy alto para su edad.

Había heredado el cabello negro y rizado de Salomé, y sus mismos ojos verdosos e insondables —ojos de hechicera, los llamaba yo en el instituto—, dotados del poder succionador de los remolinos. Observé también que los rasgos de su cara comenzaban a reorganizarse imperceptiblemente, con el disimulo de los corrimientos tectónicos, buscando la expresión que luciría de adulto, una expresión que se adivinaba dura, resuelta, mucho más cercana a la de Salomé que a la mía.

Dado que aquel duelo absurdo no parecía que fuese a dar ningún fruto, decidí ponerle fin antes de que se nos hiciese realmente tarde. Rematé el café de un trago, cogí la chaqueta que colgaba sobre el respaldo de la silla, y le hice una seña con la cabeza. Como siempre, Salomé nos acompañó al ascensor, componiendo una suerte de cortejo fúnebre. Ante su puerta, le propinó a Sergio un sonoro beso en la mejilla que el niño aceptó con su habitual desgana. Luego, su madre y yo nos despedimos con una mueca forzada, evitando mirarnos a los ojos. Era un ritual que cada mañana realizábamos con mayor habilidad.

Título: Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB)
Autores: Félix J. Palma
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Félix J. Palma - Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Félix J. Palma - Las corrientes oceánicas (PDF-EPUB) De todos los animales que Dios espolvoreó en el mundo, fue una iguana la única que advirtió que mi hijo Sergio moriría antes que yo. Se hallaba en la esquina de un escaparate, atareada en su inmovilidad, estudiando las costumbres de nuestra tribu con sus ojos verduscos. Cada vez que pasábamos por delante de ella camino del colegio, mi hijo me tiraba de la manga, señalaba el terrario, y…

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