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Edgar Rice Burroughs – El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)

Edgar Rice Burroughs – El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)

Edgar Rice Burroughs - El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)

Edgar Rice Burroughs – El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)

Introduccion del Libro Edgar Rice Burroughs – El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)

Como de costumbre, Shea acababa de ganarme al ajedrez, y yo también, como de costumbre, había recurrido a la dudosa satisfacción que podía proporcionarme el acusarle de debilidad mental llamando su atención por enésima vez sobre la afirmación, convertida en teoría por algunos científicos, de que los grandes ajedrecistas suelen hallarse entre niños menores de doce años, adultos que pasan de setenta, y personas de mentalidad deficiente; teoría que olvido con ligereza en las raras ocasiones en que gano. Shea se había retirado a descansar y yo debí seguir su ejemplo, pues aquí montamos a caballo antes de amanecer; pero en lugar de hacerlo me senté en la biblioteca, delante de la mesa de ajedrez, arrojando despreocupadamente el humo de mi tabaco sobre la deshonrada cabeza de mi rey derrotado.

Hallándome en tan provechosa ocupación oí abrir la puerta de la habitación que da al este y oí que alguien entraba. Pensé que sería Shea, que volvería para hablarme de algo relativo a la tarea del día siguiente; pero cuando alcé la vista hacia la puerta que pone en comunicación las dos habitaciones vi en su marco la figura de un gigante broncíneo, ceñido al desnudo cuerpo un cinturón de cuero, adornado con incrustaciones de piedras preciosas, de uno de cuyos lados pendía una espada corta, también cubierta de adornos, y del otro, una extraña pistola. Su pelo negro, sus ojos de color gris acero, resueltos y sonrientes, sus nobles rasgos me permitieron reconocerle en el acto, y, poniéndome en pie de un salto, avancé hacia él con la mano tendida.

—¡John Carter! —exclamé— ¿Usted?

—Yo, y no otro, hijo mío —contestó, estrechando mi mano con una de las suyas, mientras apoyaba la otra encima de mi hombro.

—¿Qué hace usted aquí? —le pregunté—. Han pasado muchos años desde que regresó por última vez a la Tierra, y nunca lo ha hecho con los atavíos de Marte. ¡Señor!

Pero ¡es maravilloso verle, y no parece que haya envejecido usted ni un día desde mi niñez, cuando saltaba encima de su rodillas! ¿Cómo se explica usted esto, John Carter, Guerrero de Marte, o cómo va a intentar explicarlo?

—¿Para qué intentar explicar lo inexplicable? —repuso—. Como ya te conté la otra vez, soy un hombre muy viejo. Ignoro mi edad. No recuerdo mi infancia. Sólo recuerdo que siempre he sido como ahora me ves y como me viste por primera vez, cuando tenías cinco años. Tú mismo has envejecido aunque no tanto como envejece la mayoría de los hombres en igual número de años lo cual puede explicarse por el hecho de que corre la misma sangre por nuestras venas; pero yo no he envejecido nada.

“He discutido esta cuestión con un notable hombre de ciencia marciano, amigo mío; pero sus teorías no son aún más que teorías. Sin embargo, el hecho me satisface; no envejezco nunca y amo la vida y el vigor de la juventud. Pasemos ahora a tu lógica pregunta acerca de lo que me trae de nuevo a la Tierra y en este atavío, extraño para los ojos terrestres. Podemos dar las gracias a Kar Komak, arquero de Lothar; él fue quien me sugirió la idea que me ha permitido, después de muchos experimentos, conseguir por fin esta meta. Como ya sabes, hace muchísimo tiempo que poseía la facultad de atravesar el vacío en espíritu; pero nunca hasta ahora me había sido posible comunicar semejante facultad a las cosas inanimadas.

«Sin embargo, ahora me ves por primera vez exactamente igual que me ven mis compañeros marcianos; ves la misma espada corta que se ha teñido con la sangre de muchos enemigos salvajes: el mismo correaje con los distintivos de Helium y las insignias de mi grado; la pistola que me regaló Tars Tarkas, jeddak de Thark.

«Aparte del propósito de verte, que es el motivo principal de que me encuentre aquí, y el de quedarme satisfecho comprobando que puedo trasladar conmigo desde Marte a la Tierra cosas inanimadas y, por tanto, cosas animadas si lo deseo, no tengo ninguna otra intención. La Tierra no es para mí. Todo lo que me interesa se halla en Barsoom: mi esposa, mis hijos, mi deber; todo esta allí. Pasaré contigo una apacible velada y luego volveré al mundo que amo más que a la vida.

Al acabar de hablar se dejó caer en la silla que había al otro lado de la mesita de ajedrez.

—Ha hablado usted de hijos —repuse—. ¿Tiene usted alguno más que Carthoris?

—Una hija —contestó— algo menor que Carthoris, y que es, descontando cierta mujer, el ser más bello que haya respirado jamás el aire tenue del agonizante Marte. Sólo Dejah Thoris, su madre, podría ser más bella que Tara de Helium.

Durante un momento tocó distraídamente las piezas del ajedrez.

—Tenemos en Marte —dijo— un juego parecido al ajedrez, muy parecido, y existe allí una raza que lo juega de un modo horrible, con hombres y espadas desnudas. Llamamos a este juego jetan. Se juega en un tablero análogo al vuestro, salvo que allí tiene cien casillas y utilizamos veinte piezas por cada lado. No puedo ver este juego sin acordarme de Tara de Helium y de lo que le sucedió entre las piezas vivas del ajedrez de Marte. ¿Te gustaría oír la historia?

Asentí y me la relató.

Ahora trataré yo de contártela casi con las mismas palabras del guerrero de Marte en la medida en que las pueda recordar, pero dichas en tercera persona. Si hay contradicciones, no censuréis a John Carter, sino a mi escasa memoria, que será la culpable. Es una narración extraña, completamente barsoomiana.

Título: El Ajedrez Viviente De Marte (PDF)
Autores: Edgar Rice Burroughs
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 610 KB
Formato: PDF

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Edgar Rice Burroughs - El Ajedrez Viviente De Marte (PDF) Introduccion del Libro Edgar Rice Burroughs - El Ajedrez Viviente De Marte (PDF) Como de costumbre, Shea acababa de ganarme al ajedrez, y yo también, como de costumbre, había recurrido a la dudosa satisfacción que podía proporcionarme el acusarle de debilidad mental llamando su atención por enésima vez sobre la afirmación, convertida en teoría por algunos científicos, de que los grandes ajedrecistas suelen hallarse entre niños menores de doce años, adultos que pasan de setenta, y…

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