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Dorothy L. Sayers – ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)

Dorothy L. Sayers – ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)

Dorothy L. Sayers - ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)

Dorothy L. Sayers – ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Dorothy L. Sayers – ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)

Bueno, pero si él pensó que la mujer iba a ser asesinada…

—Mi querido Charles —dijo el joven del monóculo—. No está bien que cierta clase de gente, especialmente los médicos, se pongan a «pensar» cosas. De esta manera corren el peligro de meterse en situaciones apuradas. En el caso de Pritchard yo juzgo que el doctor Paterson hizo lo que debía al negarse a extender el certificado referente a la señora Taylor, remitiendo a continuación su inquietante carta al Registro. No pudo evitar que el hombre se comportara como un necio. De haberse llevado a cabo una investigación, Pritchard, probablemente, se habría asustado, dejando a su esposa en paz. Después de todo, Paterson no poseía la más leve prueba.

Supón que se hubiera equivocado… ¡Menuda polvareda habría levantado!

—No obstante… Uno, a veces, tiene la obligación de airear sus sospechas.

—Es posible que sea parte de tu deber concebir sospechas y dar lugar a una investigación, armando el lío consiguiente. Si te equivocas, nadie dirá nunca nada, aparte de tacharte de funcionario excesivamente celoso. En cuanto a los médicos…

¡Pobres diablos! Se ven siempre muy sujetos a determinadas conveniencias de tipo social. La gente, en su mayoría, optaría por prescindir de los servicios de un hombre dispuesto a formular acusaciones a la menor provocación.

—Perdonen, señores.

El hombre de delgada faz que se hallaba sentado frente a la mesa vecina habíase vuelto hacia los que hablaban. En su rostro había una clara expresión de ansiedad.

—Lamento interrumpirles, pero… Todo lo que están diciendo es verdad y el mío es un caso que aquí viene muy a cuento. Ustedes no saben hasta qué punto depende el médico de las fantasías y prejuicios de sus pacientes. Estos acogen mal hasta las precauciones más elementales. Si se sugiere una autopsia ponen el grito en el cielo ante la idea de «hacer pedazos» al desventurado difunto. Y si se solicita autorización para estudiar alguna rara enfermedad, en interés de la ciencia, imaginan que se les sugiere una cosa desagradable. Por el contrario, si el doctor de turno deja correr lo que sea, el forense, a lo mejor, más tarde, surge con una complicación grave. De un modo u otro, el final es desear fervientemente no haber nacido.

—Habla usted como si supiera eso por experiencia propia —manifestó el hombre del monóculo, muy interesado.

—En efecto. Y de haberme conducido como un hombre de mundo en lugar de mostrarme como un celoso ciudadano, ahora no vagaría de acá para allá buscando una nueva ocupación.

Estaban en un pequeño restaurante de Soho. El del monóculo echó un vistazo a su alrededor. El hombre gordo que tenía a su derecha charlaba animadamente con dos señoras. Más allá, dos clientes entrados en años, frecuentadores del establecimiento, hacían los honores a una botella de Chablis Moutonne 1916. En el rincón opuesto una pareja de provincianos reclamaban en vano los servicios de los camareros, que pasaban raudos a su lado… El propietario del restaurante inspeccionaba absorto una fuente de ensalada.

El joven del monóculo tornó a hablar:

—Me da el corazón, señor, que tiene usted alguna historia interesante que contar.

A mí me encantaría oírsela referir y como observo que ha terminado de comer le sugiero que se traslade a nuestra mesa, lo que nos permitirá charlar con entera comodidad. ¡Ah! Y perdone mi atrevimiento, si es que lo hay…

—Vamos, vamos, Peter —dijo el acompañante del hombre del monóculo.

Volviéndose a continuación hacia el desconocido, agregó—: No juzgue usted precipitadamente a mi amigo. Es más razonable y prudente de lo que parece. Si desea referir algo, quitarse algún peso de encima, hable y tenga la seguridad de que lo que nos confíe no trascenderá.

El otro esbozó una sonrisa de tristeza.

—Me explayaré con ustedes con mucho gusto puesto que veo que no les resulta molesto. Afirmé antes que el caso viene a cuento…

—Beba algo primero —sugirió Peter con aire triunfal—. La bebida alegra siempre el corazón. Y comience por el principio, por favor. He de decirle que a mí los detalles me encantan y que me siento cautivado por las derivaciones. Extiéndase todo cuanto quiera. Mi amigo Charles es igual que yo.

—Para comenzar por el principio les diré que soy médico, habiendo centrado mis actividades profesionales en el estudio del cáncer. Hubiera querido especializarme en esta enfermedad, al igual que muchos de mis compañeros; pero, cuando terminé mis estudios, no disponía del dinero necesario para dedicarme a la investigación. Tuve que ejercer en el medio rural, si bien no perdí el contacto con las autoridades en la materia, con la esperanza de unirme a ellas cuando fuera posible. He de decir que espero honestamente mucho de uno de mis tíos… Entretanto, pensé que no me iría mal si adquiría alguna experiencia de carácter práctico.

»En consecuencia, experimenté una gran satisfacción cuando al cabo de cierto tiempo de estar ejerciendo en… diré que en X, por Hampshire, una pequeña población de 5000 habitantes, ya que estimo conveniente no citar nombres, tropecé con un caso de cáncer en la lista de mis pacientes. La anciana…

Título: ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB)
Autores: Dorothy L. Sayers
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.1 MB
Formato: PDF-EPUB

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Dorothy L. Sayers - ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Dorothy L. Sayers - ¿Muerte natural…? (PDF-EPUB) Bueno, pero si él pensó que la mujer iba a ser asesinada… —Mi querido Charles —dijo el joven del monóculo—. No está bien que cierta clase de gente, especialmente los médicos, se pongan a «pensar» cosas. De esta manera corren el peligro de meterse en situaciones apuradas. En el caso de Pritchard yo juzgo que el doctor Paterson hizo lo que debía al negarse a extender el certificado referente a la señora…

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