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Dolores Redondo – El guardián invisible (PDF-EPUB)

Dolores Redondo – El guardián invisible (PDF-EPUB)

Dolores Redondo - El guardián invisible (PDF-EPUB)

Dolores Redondo – El guardián invisible (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Dolores Redondo – El guardián invisible (PDF-EPUB)

Ainhoa Elizasu fue la segunda víctima del basajaun, aunque entonces la prensa todavía no lo llamaba así. Fue un poco más tarde cuando trascendió que alrededor de los cadáveres aparecían pelos de animal, restos de piel y rastros dudosamente humanos, unidos a una especie de fúnebre ceremonia de purificación. Una fuerza maligna, telúrica y ancestral parecía haber marcado los cuerpos de aquellas casi niñas con la ropa rasgada, el vello púbico rasurado y las manos dispuestas en actitud virginal.

Cuando la avisaban de madrugada para acudir al escenario de un crimen, la inspectora Amaia Salazar siempre realizaba el mismo ritual: apagaba el despertador para que no molestase a James por la mañana, cogía su ropa y su teléfono formando un montón y bajaba muy despacio las escaleras hasta llegar a la cocina. ealSe vestía mientras tomaba un café con leche y dejaba una nota para su marido, para meterse después en el coche y conducir absorta en pensamientos hueros, ruido blanco que siempre ocupaba su mente cuando despertaba antes del amanecer y que la acompañaban como restos de una vigilia inconclusa, a pesar de conducir durante más de una hora desde Pamplona hasta el escenario donde una víctima esperaba. Trazó una curva demasiado cerrada y el chirrido de las ruedas le hizo tomar conciencia de lo distraída que estaba; se obligó entonces a prestar atención a la sinuosa carretera ascendente que se adentraba en los tupidos bosques que rodeaban Elizondo. Cinco minutos más tarde detuvo el coche junto a una baliza y reconoció el deportivo del doctor Jorge San Martín y el todoterreno de la jueza Estébanez. Bajó del vehículo y se dirigió a la parte trasera, de donde sacó unas botas de goma, que se calzó apoyada en el maletero mientras el subinspector Jonan Etxaide y el inspector Montes se acercaban.

—Pinta mal, jefa, es una cría. —Jonan consultó sus notas—. Doce o trece años.

Los padres denunciaron que la chica no había llegado a casa a las once de la noche.

—Un poco pronto para poner una denuncia por desaparición —opinó Amaia.

—Sí. Por lo visto llamó al móvil del hermano mayor hacia las ocho y diez para decirle que había perdido el autobús a Arizkun.

—¿Y el hermano no dijo nada hasta las once?

—Ya sabe: «Los aitas me van a matar. Por favor, no se lo digas. Voy a ver si el padre de alguna amiga me lleva». Total, que se calló la boca y se puso a jugar a la PlayStation. A las once, cuando vio que su hermana no llegaba y la madre comenzaba a ponerse histérica, les dijo que Ainhoa había llamado. Los padres se presentaron en la comisaría de Elizondo e insistieron en que a su hija le había pasado algo. No contestaba al móvil y ya habían hablado con todas sus amigas. La encontró una patrulla. Al llegar a la curva los agentes vieron los zapatos de la chica al borde de la carretera —dijo Jonan señalando con su linterna hacia un lugar al borde del asfalto, donde unos zapatos de charol negro y tacón medio brillaban perfectamente alineados.

Amaia se inclinó para verlos.

—Están como bien colocados ¿los ha tocado alguien? —preguntó. Jonan consultó de nuevo sus notas. Amaia pensó que la eficiencia del joven subinspector, antropólogo y arqueólogo por añadidura, era un regalo en casos tan duros como el que se preveía.

—No. Estaban así, alineados y apuntando a la carretera.

—Di a los de huellas que vengan cuando acaben, que miren en el interior de los zapatos. Para colocarlos así hay que meter los dedos dentro.

El inspector Montes, que había permanecido en silencio mirándose las punteras de sus mocasines italianos de firma, levantó la cabeza bruscamente, como si acabase de despertar de un sueño profundo.

—Salazar —murmuró a modo de saludo. Y comenzó a andar hacia el borde del camino sin esperarla. Amaia hizo un gesto de perplejidad y se volvió hacia Jonan.

—¿Y a éste qué le pasa?

—No lo sé, jefa, pero hemos venido en el mismo coche desde Pamplona y no ha abierto la boca. Yo creo que ha bebido un poco…

Título: El guardián invisible (PDF-EPUB)
Autores: Dolores Redondo
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.0 MB
Formato: PDF-EPUB

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Dolores Redondo - El guardián invisible (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Dolores Redondo - El guardián invisible (PDF-EPUB) Ainhoa Elizasu fue la segunda víctima del basajaun, aunque entonces la prensa todavía no lo llamaba así. Fue un poco más tarde cuando trascendió que alrededor de los cadáveres aparecían pelos de animal, restos de piel y rastros dudosamente humanos, unidos a una especie de fúnebre ceremonia de purificación. Una fuerza maligna, telúrica y ancestral parecía haber marcado los cuerpos de aquellas casi niñas con la ropa rasgada, el vello púbico rasurado…

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