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Diana Gabaldón – Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)

Diana Gabaldón – Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)

Diana Gabaldón - Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)

Diana Gabaldón – Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)

Introduccion del Libro Diana Gabaldón – Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)

El bosque entre Filadelfia y Valley Forge Ian Murray permanecía inmóvil con una piedra en la mano, observando el lugar que había elegido. Un pequeño claro apartado, entre unas cuantas rocas cubiertas de musgo, a la sombra de los abetos y justo debajo de un enorme enebro. Un lugar al que nadie llegaría casualmente, pero no por ello inaccesible. Quería llevarlos allí. A su familia.

A Fergus, para empezar. A lo mejor solo a Fergus y ya está. Mamá había criado a Fergus desde que este tenía diez años y, antes de eso, él no ha-bía conocido otra madre. Fergus conocía a mamá desde hacía más tiempo que Ian y la quería tanto como él. «Puede que más», pensó. Los sentimientos de culpa agravaban su dolor. Fergus se había quedado con ella en Lallybroch, para cuidarla y cuidar la casa; él no. Tragó saliva con dificultad y, tras adentrarse en el pequeño claro, dejó la piedra justo en el centro. Luego se volvió para mirar.

Mientras lo hacía, sacudió la cabeza de un lado a otro. No, tenían que ser dos montículos de piedra. Su madre y el tío Jamie eran hermanos, así que la familia podría llorarlos allí a los dos… pero también po-dría llevar a otras personas, tal vez, para que los recordaran y les presentaran sus respetos. Sí, las personas que habían conocido y apreciado a Jamie Fraser, pero que no distinguirían a Jenny Murray de un agujero en…

La imagen de su madre en un agujero del suelo se le clavó como si fuera una horca. Luego ahuyentó esa idea al recordar que, al fin y al cabo, su madre no estaba en ninguna tumba, y esa nueva imagen se le clavó con más fuerza aún. No soportaba imaginarlos mientras se ahogaban, aferrándose tal vez el uno al otro, luchando por mantenerse…

— A Dhia! — exclamó con brusquedad.

Dejó caer la piedra y se volvió para buscar otras. Había visto a más de un ahogado.

Le rodaron lágrimas por las mejillas, mezcladas con el sudor de aquel día de verano. Pero no se preocupó, solo se detenía de vez en cuando para limpiarse la nariz con la manga. Se había enrollado un pañuelo en torno a la cabeza, para que no se le metieran en los ojos ni el pelo ni las gotas de sudor. No había añadido ni veinte piedras a cada uno de los montículos y el pañuelo ya estaba empapado.

Él y sus hermanos habían levantado un bonito montículo de piedras para su padre antes de que este muriera, junto a la lápida que llevaba su nombre grabado —todos sus nombres, por caro que hubiera salido— en el cementerio de Lallybroch. Y más tarde, durante el funeral, los miembros de la familia, seguidos de los arrendatarios y luego de los sirvientes, se habían acercado uno a uno para añadir su propia piedra al peso de la memoria.

Fergus, pues. O… No, ¿en qué estaba pensando? La tía Claire era la primera persona a la que debía llevar allí. No era escocesa, pero sabía reconocer un buen montículo de piedras y tal vez sintiera cierto consuelo al ver el del tío Jamie. Sí, eso era. Primero la tía Claire y luego Fergus. El tío Jamie era el padre adoptivo de Fergus, así que Fergus estaba en su derecho.

Y luego quizá Marsali y los niños. Pero… tal vez Germain ya fuera lo bastante mayor como para acompañar a Fergus. A sus diez años, podía entenderlo: ya era casi un hombre y se merecía que lo trataran como tal. Y el tío Jamie era su abuelo. Un familiar cercano.

Retrocedió de nuevo y se secó la cara, respirando con dificultad. Los insectos silbaban y zumbaban junto a sus orejas o revoloteaban a su alrededor, en busca de su sangre, pero Ian se había desnudado hasta quedarse solo con un taparrabos y se había untado con grasa de oso y menta, al estilo mohicano. Los insectos no le picaban.

—Cuida de ellos, oh espíritu del enebro —susurró en mohicano, mientras levantaba la vista hacia las olorosas ramas del árbol—. Protege sus almas y deja que se queden aquí, frescos como tus ramas.

Se persignó y luego se agachó para escarbar en el suave mantillo. Unas cuantas piedras más, pensó. Por si algún animal que pasara por allí les daba un golpe y las desparramaba.

Desparramadas como sus pensamientos, que vagaban sin descanso entre los rostros de los miembros de su familia, de la gente del cerro… Dios, ¿volvería allí algún día? Brianna. Oh, señor, Brianna…

Se mordió el labio y notó el sabor de la sal. Se lamió y siguió buscando piedras. Brianna estaba a salvo con Roger Mac y los críos. Pero, oh, Señor, cuánto necesitaba sus consejos.

Mejor aún, los de Roger Mac.

¿A quién iba a preguntar ahora, cuando precisara ayuda para ocuparse de todos?

Pensó en Rachel y disminuyó un poco la opresión del pecho. Sí, tenía a Rachel… Era más joven que él, no era mayor de diecinueve años. Y, siendo cuáquera, tenía unas ideas bastante raras acerca de cómo se hacían las cosas, pero si ella estaba a su lado, caminaría sobre terreno seguro. Esperaba que pudiera estar a su lado, pero aún quedaban ciertas cosas que de-bía contarle… La idea de esa conversación hizo que regresara la opresión en el pecho.

Y también regresó la imagen de su prima Brianna, que se instaló en su mente: alta, de nariz recta y huesos fuertes como su padre… Pero esa imagen llevó consigo la de su otro primo, el hermanastro de Bree. Dios santo, William. ¿Qué debía hacer con William? Ian dudaba de que supiera la verdad, de que supiera que era hijo de Jamie Fraser… ¿Era él quien debía contárselo? ¿Debía llevarlo hasta allí y explicarle lo que había perdido?

Título: Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF)
Autores: Diana Gabaldón
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.8 MB
Formato: PDF

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Diana Gabaldón - Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF) Introduccion del Libro Diana Gabaldón - Escrito Con La Sangre De Mi Corazón (PDF) El bosque entre Filadelfia y Valley Forge Ian Murray permanecía inmóvil con una piedra en la mano, observando el lugar que había elegido. Un pequeño claro apartado, entre unas cuantas rocas cubiertas de musgo, a la sombra de los abetos y justo debajo de un enorme enebro. Un lugar al que nadie llegaría casualmente, pero no por ello inaccesible. Quería…

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