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David Grossman – Gran Cabaret (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

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Introduccion del Libro David Grossman – Gran Cabaret (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

—Buenas noches, buenas noches, ¡bueeeenas nooooches, Cesarea, templo del espectáculo!

El escenario está todavía vacío. El grito resuena desde la zona de bastidores. Las personas sentadas en la sala se van callando y sonríen expectantes.

Un hombre enclenque, bajito y con gafas sale disparado hacia el escenario desde una puerta lateral, como si lo hubieran lanzado desde allí o le hubieran propinado una patada. Da unos cuantos traspiés por las tablas, casi se cae, frena la caída poniendo las dos manos en el suelo de madera y entonces, con un movimiento brusco, eleva el trasero. Una risotada recorre el público, que aplaude. Sigue entrando gente proveniente del vestíbulo, charlando en voz alta.

—Señoras y señores, ordena lacónicamente un hombre que está sentado junto a la mesa de control de la iluminación, reciban con un fuerte aplauso a Dóvaleh G. El hombre de la tarima sigue agachado como un simio con las enormes gafas torcidas sobre la nariz. Muy despacio vuelve el rostro hacia la sala y mira largamente, sin parpadear.

—Ah, se queja, esto no es Cesarea, ¿eh? Se oyen risas. El hombre se yergue lentamente y se sacude el polvo de las manos. ¿Ya me la ha vuelto a meter doblada mi representante? Se oyen unas exclamaciones entre el público. El hombre clava en este una mirada sorprendida. ¿Cómo? ¿Qué es lo que habéis dicho? Tú, señora, la de la mesa siete, sí, tú, ¡la de los labios apetitosos, que te sientan de maravilla! La mujer se ríe por lo bajo y se cubre la boca con la mano. El hombre se acerca al borde del escenario y balancea el cuerpo hacia delante y hacia atrás. Seamos serios, querida, ¿de verdad que has dicho Natanya? Abre los ojos de par en par, tanto, que casi llenan por completo las lentes de las gafas. A ver si lo he entendido bien: ¿me estás diciendo abierta y descaradamente, ¡hay que fastidiarse!, que estoy en Natanya? ¡Y yo sin el chaleco antibalas! Al decirlo se lleva temeroso las manos a sus partes. El público ruge encantado. Por aquí y por allá se oyen silbidos. Todavía están entrando unas parejas y, tras ellas, un vocinglero grupo de hombres jóvenes, se diría que soldados de permiso. La pequeña sala se llena. Los conocidos se saludan con la mano. Tres camareras en pantalón corto y camiseta de un violeta fluorescente salen de la cocina repartiéndose entre las mesas.

—Venga, labietes, dice el hombre, sonriendo a la mujer de la mesa siete, que todavía no he terminado contigo, hablemos de ello… Aunque mejor no, porque me parece que eres una chica seria y con un gusto muy especial, si es que interpreto correctamente el peinadito que te ha hecho… Deja que lo adivine, ¿se trata del estilista que nos montó las mezquitas en la explanada del Templo y la central nuclear de Dimona? El público se ríe. Y si no me equivoco, también me huele a una burrada de dinero… ¿He dado en el clavo?

¿Te ha chupado la sangre, el muy garrapata? ¿No?

Pues te voy a decir por qué, porque también veo ahí un bótox bien generoso y una reducción de pecho que se le fue de las manos. Créeme si te digo que yo, a ese cirujano, le cortaría las manos.

La mujer junta los brazos contra el cuerpo, oculta el rostro en las manos y suelta por entre los dedos unas risitas entrecortadas. Mientras habla, el hombre camina deprisa de un lado al otro del escenario, frotándose las manos y barriendo con la mirada a los que se encuentran sentados en la sala.

Los tacones de las botas vaqueras que calza acompañan sus movimientos con un repiqueteo seco. Solo quiero que me expliques, querida, vocifera él sin mirarla, cómo es posible que una chica inteligente como tú no sepa que algo así hay que decirlo con precaución, con tino, meditándolo muy bien antes, que no se le puede soltar en la cara a nadie: «¡Estás en Natanya!». Hala, así, de sopetón. Pero ¿en qué estabas pensando? Para decir algo así hay que preparar al otro, sobre todo si se trata de alguien tan enfermito como yo, añade, levantándose muy deprisa el polo descolorido que viste, gesto que provoca en el público una incontrolada exclamación de sorpresa. ¿Qué? ¿No tengo razón? Vuelve el torso desnudo también hacia los que están sentados a la derecha y a la izquierda del escenario, al tiempo que les dedica una amplia sonrisa. ¿Lo veis? Piel y huesos, casi todo cartílago, hasta el punto de que si fuera un caballo ya habrían hecho de mí pegamento, ¿no os parece? Entre el público se oyen unas risas turbadas y resoplidos de desagrado. Comprende, mi alma, vuelve él a dirigirse a la mujer de la mesa siete, que para la próxima vez deberías saber que una noticia como esta hay que darla con delicadeza, anestesiando antes un poco a la persona. Atontándola, carajo, masajeándole con delicadeza el lóbulo de la oreja: Enhorabuena, Dóvaleh, el más hermoso de los hombres, qué suerte has tenido, has sido el escogido para participar en un ensayo científico muy especial en la llanura de la costa, en un experimento no demasiado largo, una hora y media, como mucho, dos, porque ese es el tiempo máximo que un hombre normal puede soportar estar expuesto a las personas de este lugar.

Título: Gran Cabaret (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: David Grossman
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 4.6 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2

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David Grossman - Gran Cabaret (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro David Grossman - Gran Cabaret (PDF-EPUB-MOBI-FB2) —Buenas noches, buenas noches, ¡bueeeenas nooooches, Cesarea, templo del espectáculo! El escenario está todavía vacío. El grito resuena desde la zona de bastidores. Las personas sentadas en la sala se van callando y sonríen expectantes. Un hombre enclenque, bajito y con gafas sale disparado hacia el escenario desde una puerta lateral, como si lo hubieran lanzado desde allí o le hubieran propinado una patada. Da unos cuantos traspiés por las tablas, casi se cae, frena…

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