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Clara Sánchez – El Cielo Ha Vuelto (PDF)

Clara Sánchez – El Cielo Ha Vuelto (PDF)

Clara Sánchez - El Cielo Ha Vuelto (PDF)

Clara Sánchez – El Cielo Ha Vuelto (PDF)

Introduccion del Libro Clara Sánchez – El Cielo Ha Vuelto (PDF)

¿Puede una persona que se cruza por azar en nuestra vida decirnos algo que nos marque para siempre? Patricia es una joven modelo de pasarela cuya vida parece marcada por el éxito. En un vuelo de trabajo conoce a Viviana, su compañera de asiento, que le advierte que tenga cuidado porque alguien de su entorno desea su muerte. Descreída y nada supersticiosa, cuando Patricia regresa a la felicidad de su hogar decide olvidarse de esta recomendación sin fundamento. Hasta que una serie de fortuitos accidentes, que afectan a su trabajo y a su vida privada, la llevan a buscar a Viviana para encontrar una explicación a estos sucesos.

Una intriga subyugante y sutil que nos habla del precio del triunfo y de cómo en ocasiones las personas más cercanas pueden ser las más dañinas.

Prólogo

Hace medio año, una desconocida me dijo que había alguien en mi vida que deseaba que yo muriera. La encontré en un vuelo Nueva Delhi-Madrid. Tenía problemas con la vista y me pidió que le leyera el menú y que le indicara dónde estaba el baño. «Otra vez he perdido las malditas gafas», dijo metiendo la cabeza en un enorme bolso blanco. Su peso, alrededor de ciento y pico kilos, la obligaba a viajar en business. A los organizadores del congreso al que había asistido no les hacía gracia el gasto, pero qué podía hacer ella, no cabía en un asiento turista. Sonreí vagamente y no hice ningún comentario porque no quería enredarme en una conversación de diez horas. Abrí una revista sobre las rodillas y me quedé mirando el cielo y la luz de fuera con la frente pegada a la ventanilla. No había nubes, solo alguna pequeña y perdida que hacía pensar en la soledad. Una maravillosa sensación después de tantos días de desfiles, nervios, cambios de ropa, pinchazos de alfileres, toneladas de maquillaje, pestañas postizas de un metro y peinados demasiado creativos. La agencia de modelos para la que trabajaba me había pedido que desfilara en Nueva Delhi para una firma hindú y que asistiera a las fiestas en el palacete del empresario Karim y su esposa Sharubi, cuyo cuerpo menudo siempre iba envuelto en seda, y sus muñecas en oro hasta medio brazo. Y ahora, por fin, el vacío y la libertad.

Me quité los zapatos y los empujé con el pie debajo del asiento de enfrente. No quería molestias, por eso había elegido sentarme junto a la ventanilla. Pero no iba a ser tan fácil: notaba las miradas de mi vecina resbalándome en el pelo, y en algún momento tendría que girarme y enfrentarme a sus ganas de charla. Vi de reojo cómo le hacía una señal a la azafata y le pedía una ginebra con una rodaja de pepino, unos granos de pimienta y un ligero chorro de tónica. Desde luego parecía tener unos gustos muy concretos. Por unos segundos solo se oyeron los cubitos de hielo chocando contra el vaso de plástico y la ginebra chocando contra el hielo mientras empezábamos a sobrevolar enormes masas de nubes que cubrían las montañas y las casas, los ríos, la gente y los animales como una capa de algodón. No se podía saber dónde estábamos.

—¿Le gustaría acompañarme? —dijo alzando el vaso, sujeto por varios dedos llenos de anillos. Uno era una calavera turquesa, otro un búho, otro una rosa de plata, otro una cosa rara con alas, algunos se le hundían en la carne.

Puesto que pronto tendríamos que cenar, acepté y me decidí por una copa de champán, y la verdad es que me sentó bien, me relajó. Ahora por fin podría cerrar los ojos y dejarme llevar. Pedí otra copa de lo mismo y mi vecina otra ginebra, esta vez sin el chorrito de tónica. También ella parecía dejarse llevar. Le brillaban la nariz, la barbilla y la raíz del pelo. Tenía un poco de sudor por todas partes. El pelo iba teñido de caoba y repartido a lo loco, más oscuro por un lado, más claro por otro, un desastre, y sus ojos eran de un azul desvaído casi transparente, como si le faltasen dos capas de pintura.

Me pregunté a qué tipo de congreso habría asistido. Sería profesora seguramente, quizá escritora, pero solo abrí la boca para dar otro sorbo. Ella suspiró muy profundamente y se volvió con cierto esfuerzo hacia mí. Dijo que tenía miopía, vista cansada y astigmatismo, y que, desgraciadamente, sin las malditas gafas no me veía bien, pero que sus otros sentidos hacían un trabajo complementario al de la vista y si en el futuro volvíamos a encontrarnos podría reconocerme por la voz, el calor, las vibraciones y la energía que desprendía mi cuerpo, algo más sutil que los rasgos físicos y más seguro.

—¿Y cómo se ven esas cosas? —pregunté, pensando que hasta ahora lo único que destacaba de mi persona eran mi talla treinta y seis, el uno setenta y ocho de estatura, una figura armónica y una cara que resistía bien el objetivo de una cámara a diez centímetros, cosas que en el fondo nadie valora de verdad.

—No se ven, se sienten —dijo—. Cualquiera puede sentirlas si no se conforma con lo que ve.

Por no ponerla en un aprieto no le pregunté cómo eran las sensaciones que le llegaban de una modelo dedicada a vender estilo y apariencia, no de una filósofa, ni de una científica, ni de alguien que se pasa el día pensando. Yo a ella la sentía como la lava de un volcán, derritiéndose por los lados del asiento, cubriendo poco a poco la moqueta, subiendo por las paredes de plástico compacto del avión y fundiéndose con todo.

—Me llamo Viviana —dijo.

Su voz era muy bonita, cálida, sedosa, sensual. Llevaba pantalones, un blusón hindú de algodón y zapatos blancos. No se los quitó para que no se le hincharan los pies. Desde el principio cruzó uno sobre otro y apenas se movió, solo la cabeza y las manos. Alargó una de ellas hacia mí y enredó un mechón de mi pelo entre dos dedos robustos, uno con la calavera de turquesa y el otro con la cosa rara con alas.

—Qué suavidad —dijo, acercando unos centímetros su miopía hacia mí—. ¿De qué color tienes los ojos?

—Castaño claro.

—Seguramente son muy bonitos —apuntó ella.

No hacía falta que contestase. No tenía por qué devolverle el cumplido, no tenía que venderle ningún trapo.

—Me llamo Patricia —dije con mi cuarta o quinta copa de champán en la mano.

—Patricia —repitió ella para sí con su cuarto o quinto vaso de ginebra.

Nos sirvieron ensalada, cordero al curri, arroz basmati, tortas de pan, pastel, taza para el café o té, vaso y cubiertos, todo en palmo y medio de mesita. Me lo comí sin reparar en calorías ni en exquisiteces, un acto instintivo cuando la supervivencia depende de una bandeja de plástico. Viviana, en cambio, no probó bocado. Más que abrir, destrozó la bolsa transparente con tenedores, cucharas y cuchillos, y después de desparramarlos por la bandeja suspiró removiendo todo el aire del avión y se quedó mirando el respaldo del asiento de enfrente sin parpadear, como si estuviera viendo mucho más que una simple tela gris.

Título: El Cielo Ha Vuelto (PDF)
Autores: Clara Sánchez
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 993 KB
Formato: PDF

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Clara Sánchez - El Cielo Ha Vuelto (PDF) Introduccion del Libro Clara Sánchez - El Cielo Ha Vuelto (PDF) ¿Puede una persona que se cruza por azar en nuestra vida decirnos algo que nos marque para siempre? Patricia es una joven modelo de pasarela cuya vida parece marcada por el éxito. En un vuelo de trabajo conoce a Viviana, su compañera de asiento, que le advierte que tenga cuidado porque alguien de su entorno desea su muerte. Descreída y nada supersticiosa, cuando Patricia regresa a la felicidad de…

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