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Chufo Lloréns – La otra lepra (PDF-EPUB)

Chufo Lloréns – La otra lepra (PDF-EPUB)

Chufo Lloréns - La otra lepra (PDF-EPUB)

Chufo Lloréns – La otra lepra (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Chufo Lloréns – La otra lepra (PDF-EPUB)

Salía muy despacio el día, y las luces y las sombras se debatían en el patio; la escarcha maquillaba el paisaje y daba extraños brillos a las cosas. Tres edificios formaban la U que cercaba la era. Los corrales de los animales quedaban al sur. Al este daba una vivienda levantada sobre seis pilares a la que se accedía por una escalera que desembocaba entre el primer y segundo soporte; el hecho de su construcción elevada obedecía a dos razones: la primera, aislar la estancia principal de humedades, y la segunda, aprovechar la parte baja para cobertizo de vehículos de motor y carros. El edificio de la parte norte servía de almacén y carpintería; en el primero se guardaba el grano y el forraje de las bestias; en el segundo, serrín, tablones de madera y útiles de carpintería (martillo, leznas, escoplos y dos motosierras, así como un banco con una prensa y dos tornillos grandes para sujetar cualquier gran trozo de madera sobre el que se debiera trabajar); en la carpintería, un tabiquillo marcaba el espacio de un cuartucho en el que con justeza cabía un jergón, un soporte para un cubo y un armario hecho con madera sin desbastar.

La vivienda era amplia y rectangular. Ocupaba el alto de los pilares e iba desde la carpintería hasta las cuadras, cerrando la «U» de las tres construcciones.

Paco Zambudio abrió los ojos y ubicarse le costó un momento. La noche anterior había bajado al pueblo, y estuvo jugando a cartas y tomando vinos hasta muy tarde.

Recordaba vagamente una pelea y también cómo Aitor lo medio arrastró a la furgoneta; después, no recordaba nada. Pero estaba donde siempre, y el cubo, el armario y el olor familiar de su jergón hacían que reconociera la estancia; tenía ganas de mear; hacía frío.

Por la luz intuyó que era hora de levantarse y la cacofonía de los sonidos del corral aseveraba su sospecha. Se sentó en el catre y el cubículo empezó a girar de nuevo. Hizo un esfuerzo y, tras cerrar los ojos y abrirlos otra vez, consiguió que las cosas pararan. Metió los pies en las albarcas y se puso en pie. Los giros se reanudaron; los dominó. Sobre la camiseta de fieltro y el calzoncillo largo se puso un chándal. Tenía náuseas y un mal gusto en la boca terrible. Se estiró y se dirigió al aguamanil para coger el cubo.

El cuartucho tenía dos puertas; una daba a la carpintería y la otra directamente al patio. Salió por la última y se dirigió con paso lento hacia el brocal del pozo. Colgó el cubo en el gancho de la cuerda que asomaba por la polea y, al soltarlo, se le fue de la mano, como un metro. El cacharro golpeó la pared del pozo e hizo de badajo de campana; sonó un gong árido y profundo que descendió por el valle lentamente. Tal que si fuera un diálogo de metales, la campana de la ermita de Santa Engracia le respondió a lo lejos dando las cuatro y media de la madrugada.

Un ruido desusado despertó a Aitor. Conocía perfectamente los sonidos de su alquería y aquél no correspondía a ninguno de ellos. Su mente práctica le dijo que el ruido venía del pozo. Abajo Paco debía de andar despejando la borrachera de la noche anterior.

Trabajador sí lo era, pero también difícil; se volvía huraño e impredecible en cuanto tomaba una copa de más. Hacía como un año que había llegado al pueblo, y Aitor lo había contratado para recoger el grano, batirlo en la era y engavillar la paja.

Después, Paco se había ido ocupando de los animales y haciendo remiendos en la carpintería. Tenía mano para las bestias. Era chamán. También era mañoso y, aunque había un algo en él que a Aitor no le gustaba, aún seguía allí.

Un rayo de sol pálido entraba por el ventanuco del dormitorio; se levantó despacio y la madera del suelo crujió bajo su peso. Se paró y miró al otro lado de la cama. El bulto de Engracia se movió un poco. Aún no debían de ser las cinco porque si no ella ya estaría en pie; era de una exactitud de reloj suizo. A los pies de la cama estaba la cuna del niño pequeño. Tenía dos hijos, y el menor dormía con ellos. Se vistió silenciosamente y, antes de dirigirse a la otra estancia, se asomó por la ventana, miró abajo y vio que Paco forrajeaba los animales de la cuadra. Salió de puntillas y se dirigió a la cocina hogar, estancia única del otro lado. Se acercó a la chimenea, cogió un hierro y removió la lumbre; había rescoldos.

Fue a la alacena, tomó un bote, lo llenó de agua en la pica y lo puso al fuego; luego, en tanto se calentaba, tomó el bote del café y lo abrió; lo puso en la mesa grande que estaba frente a la pared, cogió una hogaza de pan y sacó la mantequilla de la nevera. Lo dejó todo sobre el tablero. Después fue al rincón, donde colgaba de la viga un jamón; cortó dos lonchas y las puso en un plato al lado de la mantequilla. El agua hervía, echó el café y preparó un recipiente; le colocó un filtro de papel fuerte ajustado en los bordes; agarró un trapo para poder sacar la mezcla del fuego y escanció después el contenido sobre el papel.

El café olía fuerte y su aroma inundó la habitación. Cuando tuvo preparado el almuerzo, sacó dos platos y puso una loncha en cada uno; buscó dos tazones y escanció en ellos el café; metió la mano en un cestillo y extrajo cuatro huevos. Miró al fondo; no se oía nada.

Título: La otra lepra (PDF-EPUB)
Autores: Chufo Lloréns
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.0 MB
Formato: PDF-EPUB

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Chufo Lloréns - La otra lepra (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Chufo Lloréns - La otra lepra (PDF-EPUB) Salía muy despacio el día, y las luces y las sombras se debatían en el patio; la escarcha maquillaba el paisaje y daba extraños brillos a las cosas. Tres edificios formaban la U que cercaba la era. Los corrales de los animales quedaban al sur. Al este daba una vivienda levantada sobre seis pilares a la que se accedía por una escalera que desembocaba entre el primer y segundo soporte; el hecho…

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