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Camilla Läckberg – La Mirada De Los Ángeles (PDF)

Camilla Läckberg – La Mirada De Los Ángeles (PDF)

Camilla Läckberg - La Mirada De Los Ángeles (PDF)

Camilla Läckberg – La Mirada De Los Ángeles (PDF)

Introduccion del Libro Camilla Läckberg – La Mirada De Los Ángeles (PDF)

Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir.

Ebba pasaba la rasqueta por las paredes de la casa. La pintura se desprendía fácilmente.

Ya había empezado a descascarillarse por sí sola, ella únicamente tenía que contribuir un poco. El sol de julio calentaba de lo lindo, el flequillo se le pegaba a la frente y le dolían los brazos, porque llevaba tres días efectuando el mismo movimiento cansino, de arriba abajo.

Pero agradecía el dolor físico. Cada vez que se acentuaba, al mismo tiempo y por un instante, se atenuaba el del corazón.

Se dio la vuelta y observó a Mårten, que serraba listones en el césped de delante de la casa. Al parecer, notó que ella lo estaba mirando, porque levantó la vista y la saludó con el brazo, como si Ebba fuera un conocido al que viera por la calle. Ella notó que correspondía mecánicamente con el mismo gesto extraño.

Pese a que habían transcurrido más de seis meses desde que se les arruinó la vida, seguían sin saber cómo actuar el uno con el otro. Cada noche se acostaban en la cama de matrimonio dándose la espalda, aterrados ante la idea de que un movimiento involuntario desencadenara algo que luego no supieran controlar. Era como si el dolor los colmase hasta el punto de incapacitarlos para abrigar ningún otro sentimiento. Ni amor, ni calidez, ni compasión.

La culpa se interponía entre ellos como un peso del que no hablaban. Habría sido más fácil si hubieran podido analizarla y decidir cuál era su sitio. Sin embargo, se movía libremente de un lado a otro, cambiaba de potencia y de forma y atacaba cada vez desde una nueva posición.

Ebba se volvió de nuevo hacia la pared y continuó raspando. La pintura blanca caía a sus pies en grandes capas gruesas, dejando visible la madera. Acarició los listones con la mano.

Nunca antes se había percatado de que la casa tenía alma. Aquella casa adosada de Gotemburgo que ella y Mårten habían comprado cuando aún era prácticamente nueva.

Entonces le encantaba que todo estuviera limpio y reluciente, que estuviera impecable.

Ahora, en cambio, lo nuevo no era más que un recuerdo de lo que hubo, y esta otra casa, con sus desperfectos, encajaba mejor con su estado de ánimo. Se reconocía en aquel tejado con goteras, en la caldera, que a veces no arrancaba sino a golpes, y en el aislamiento defectuoso de las ventanas, donde no podían dejar una vela encendida sin que la corriente apagase la llama al cabo de un rato. También en su ánimo llovía y soplaba el viento. Y las llamas que ella trataba de encender se extinguían implacablemente con un soplo frío.

Quizá las heridas del alma sanaran allí, en Valö. No tenía recuerdos de aquel lugar, pero era como si la isla y ella se reconocieran. Se encontraba enfrente de Fjällbacka y, desde el muelle, distinguía perfectamente al otro lado el centro de la población costera. Al pie del escarpado macizo rocoso se sucedían, como un collar de perlas, las casas blancas y las cabañas rojas de los pescadores. Era tan hermoso que se estremecía al verlo.

El sudor le rodaba por la frente y le escocía en los ojos. Se limpió con la camiseta y los entornó al sol. Las gaviotas volaban en círculos allá arriba. Chillaban y se llamaban unas a otras, y sus graznidos se mezclaban con el ruido de los botes que navegaban el estrecho. Ebba cerró los ojos y se dejó transportar por los sonidos. Lejos de sí misma, lejos de…

–¿Qué te parece si nos tomamos un descanso y nos damos un baño?

La voz de Mårten atravesó el decorado sonoro que le proporcionaban las gaviotas y Ebba se sobresaltó. Negó desconcertada, pero luego dijo que sí.

–Sí, venga –dijo, y se bajó de la escalera.

Habían puesto a secar los bañadores en la parte posterior de la casa. Ebba se quitó la ropa empapada de sudor y se puso el biquini.

Mårten se había cambiado más rápido y la esperaba impaciente.

–Bueno, ¿nos vamos o qué? –dijo, y se adelantó hacia el sendero que conducía a la playa. Era una isla bastante grande, y no tan árida como muchas de las islas más pequeñas del archipiélago de Bohuslän. El sendero estaba flanqueado de árboles frondosos y de altos matorrales, y Ebba caminaba pisando fuerte la tierra. Tenía muy arraigado el miedo a las serpientes, que se había intensificado días atrás, cuando vieron una víbora que se calentaba al sol.

El terreno ya empezaba a descender hacia la playa y Ebba no pudo por menos de pensar en cuántos pies infantiles habrían transitado por aquel sendero a lo largo de los años. Aquella zona aún se conocía con el nombre de colonia infantil, a pesar de que no había allí colonias desde los años treinta.

–Ten cuidado –dijo Mårten señalando unas raíces de árboles que sobresalían del suelo.

Esa actitud solícita, que debería conmoverla, la asfixiaba, para demostrárselo, pisó con descaro las raíces. Unos metros más allá, notó la aspereza de la arena en las plantas de los pies. Las olas azotaban la orilla. Ebba dejó la toalla en la arena y se zambulló en el agua salada.

Notó el roce de las algas y el frío repentino le cortó la respiración, pero enseguida se alegró de poder refrescarse. Oyó a su espalda que Mårten la llamaba, fingió que no lo oía y continuó adentrándose en el mar. Cuando dejó de hacer pie, empezó a nadar y de tan solo unas brazadas alcanzó la pequeña plataforma de baño que había anclada al fondo a un trecho de la orilla.

–¡Ebba! –Mårten la llamaba desde la playa, pero ella siguió haciendo caso omiso y se agarró a la escalera de la plataforma. Necesitaba estar sola unos minutos. Si se tumbaba un rato y cerraba los ojos, podría creer que era un náufrago de un buque hundido en alta mar. Sola. Sin necesidad de pensar en nadie más.

Oyó las brazadas que se acercaban en el agua. La plataforma se balanceó cuando Mårten se aferró al borde para subirse y ella cerró los ojos con fuerza para aislarse unos segundos más. Quería estar a solas. No compartir la soledad con Mårten, que es lo que hacían últimamente. Muy a disgusto, abrió los ojos.

Título: La Mirada De Los Ángeles (PDF)
Autores: Camilla Läckberg
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.3 MB
Formato: PDF

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Camilla Läckberg - La Mirada De Los Ángeles (PDF) Introduccion del Libro Camilla Läckberg - La Mirada De Los Ángeles (PDF) Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir. Ebba pasaba la rasqueta por las paredes de la casa. La pintura se desprendía fácilmente. Ya había empezado a descascarillarse por sí sola, ella únicamente tenía que contribuir un poco. El sol de julio calentaba…

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