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Brian Freeman – La huella del mal (PDF-EPUB)

Brian Freeman – La huella del mal (PDF-EPUB)

Brian Freeman - La huella del mal (PDF-EPUB)

Brian Freeman – La huella del mal (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Brian Freeman – La huella del mal (PDF-EPUB)

Jonathan Stride contempló cómo la nieve cubría el cementerio. La tormenta asolaba las tumbas y depositaba una sábana blanca como el hueso sobre la hierba dormida, amortiguando cualquier sonido. En la oscuridad, con la ayuda de una linterna, Stride guió sus pasos a través del pequeño cementerio rural escondido entre los rastrojos de los campos de maíz invernales, pero no recordaba con exactitud adónde se dirigía. Sólo había estado allí una vez.

¿Cuándo había sido? Debía de hacer veinte años, cuando aún era un hombre joven. Su esposa Cindy y él habían peregrinado hasta el cementerio para visitar a la madre de Stride después de que colocaran la lápida.

El haz de luz de la linterna iluminaba las tumbas, vestigios del Wisconsin rural que se remontaban a más de un siglo atrás. Un moho amarillento tapizaba las lápidas más antiguas y cubría los nombres. Vio epitafios escritos en alemán, reminiscencias de la herencia étnica de la zona. Der Herr ist unser Hirte; uns wird nichts mangeln.

La mayoría de las lápidas eran modestas; otras, enormes, hacían ostentación irónica acerca de la importancia de las personas allí enterradas.

Irónica porque, ¿quién las recordaba?

Stride distinguió los toscos bordes de granito. Mármol gris, marrón y rosado.

Algunas flores mustias, depositadas por los visitantes de unos meses atrás, antes de que llegara el invierno, salpicaban la hierba. El suelo estaba alfombrado de hojas húmedas. Según el calendario estaban en primavera, pero aquella noche glacial de abril era tan fría como una de enero. Una ráfaga de aire serpenteó por el cementerio.

Stride oyó tañer débilmente una campana, leve como campanillas de viento. La linterna iluminó un corazón de hierro forjado colocado sobre una lápida, con una campana oxidada colgada en el centro.

«No preguntes por quién doblan las campanas; aquí no», pensó.

En realidad, no estaba seguro de por qué se hallaba en aquel lugar. Le quedaba un largo trayecto en coche hasta llegar a su casa de Duluth. El juicio federal por el caso de drogas en el que había testificado en Milwaukee había terminado de forma inesperada con un acuerdo entre ambas partes, y él había enfilado el camino de vuelta a casa antes de lo previsto. Ni siquiera se había parado a pensar que el regreso, siguiendo la ruta septentrional y evitando la carretera en obras, lo llevaría a pasar junto al pueblo ribereño de Shawano, en la autopista 29.

Ni siquiera al ver el nombre de la localidad en los carteles de la autopista se había planteado detenerse. Y de repente, allí estaba. Nevaba, en la resbaladiza carretera no había tráfico y, aunque lo único que Stride quería era seguir conduciendo, sus manos giraron el volante del Expedition en la salida hacia Shawano. Cruzó el río Wolf y condujo por la calle principal del tranquilo pueblo, que parecía una estampa navideña bajo la tormenta. Pocas cosas habían cambiado en las dos últimas décadas. Los pueblecitos del Medio Oeste permanecían congelados en el tiempo.

Recordó que la iglesia de St. Jakobi se hallaba al norte de la población, en una carretera rural solitaria que discurría entre granjas despobladas. Estaba construida en ladrillo, con un esbelto campanario y estrechas vidrieras; nada demasiado vistoso, acorde con el gusto luterano. Cerca del edificio habían levantado dos modestas viviendas, a oscuras excepto por una única luz en la más próxima. Por lo demás, estaba solo, protegido por los altos pinos; allí donde terminaba el cementerio empezaban los campos abiertos.

La nieve derretida dibujaba hilillos en su pelo entrecano y despeinado y, con cada respiración, el vaho formaba una nube frente a su cara. Stride vestía unos vaqueros viejos y una cazadora de cuero aún más vieja. Era alto y delgado. De joven había sido un hombre guapo, con los rasgos marcados. Cindy siempre decía que no se podía ser atractivo sin ser algo inmaduro, algo descuidado. En una ocasión lo había descrito como un hombre de fuego, de honor, de ego y de gran terquedad, todas ellas buenas cualidades, aunque no siempre en las proporciones adecuadas. Ahora, cerca de cumplir medio siglo, el rostro que una vez había sido joven estaba más curtido. Era el rostro de un hombre del norte, un hombre que vivía al aire libre, tostado por el sol incluso en los meses fríos y castigado por el viento del lago. Las arrugas de la frente se habían ahondado como cañones y, por lo general, su barbilla solía necesitar un afeitado. Sus ojos oscuros —ojos de pirata, los llamaba Cindy— acumulaban más sabiduría, pero también se resentían del peso del mundo. Las mujeres que lo conocían seguían considerándolo atractivo.

Título: La huella del mal (PDF-EPUB)
Autores: Brian Freeman
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.1 MB
Formato: PDF-EPUB

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Brian Freeman - La huella del mal (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Brian Freeman - La huella del mal (PDF-EPUB) Jonathan Stride contempló cómo la nieve cubría el cementerio. La tormenta asolaba las tumbas y depositaba una sábana blanca como el hueso sobre la hierba dormida, amortiguando cualquier sonido. En la oscuridad, con la ayuda de una linterna, Stride guió sus pasos a través del pequeño cementerio rural escondido entre los rastrojos de los campos de maíz invernales, pero no recordaba con exactitud adónde se dirigía. Sólo había estado…

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