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Brian Freeman – Adiós a los muertos (PDF-EPUB)

Brian Freeman – Adiós a los muertos (PDF-EPUB)

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Brian Freeman – Adiós a los muertos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Brian Freeman – Adiós a los muertos (PDF-EPUB)

Serena divisó el Grand Am aparcado a media manzana del bar de Duluth. Alguien esperaba dentro del coche.

Los mosquitos revoloteaban en una nube frente a los faros. Las trompetas de una sinfonía rusa —una pieza estruendosa y triste de Shostakóvich— atronaban a través de las ventanillas abiertas. Serena aspiró el olor acre del humo de un cigarrillo de liar que le trajo la llovizna. Más allá del coche, a través de la neblina, vio las luces blanquecinas de Superior Bridge que se arqueaban sobre el puerto.

En la oscuridad nocturna de la calle veraniega solo estaban ellos dos. Ella y el desconocido tras el volante del Grand Am. No podía ver al conductor, pero no importaba quién estuviera dentro. Todavía no.

Había ido allí por otra persona.

Se trataba de una zona industrial, en el extremo oriental de Raleigh Street, no muy lejos de las dársenas de carbón y la fábrica de papel. El tendido eléctrico chisporroteaba en lo alto. Bajo sus pies, el suelo tembló al paso de un tren que se dirigía hacia el sur. Se aseguró de que el Mustang estuviera cerrado con llave, con la Glock a salvo dentro de la guantera, y luego cruzó la calle mojada hacia el Grizzly Bear. El bar era un tugurio sin ventanas y con un apartamento encima para el dueño.

Cat estaba dentro.

Serena se sentía culpable por haber instalado un software de seguimiento en el móvil de la adolescente, pero pronto se dio cuenta de que la expresión dulce de Cat no implicaba que pudiera confiar en ella.

Al abrir la puerta del bar, un olor dulzón a cerveza salió hacia el exterior. Oyó voces de borrachos que gritaban en idiomas que no entendía y el gangueo de una canción de George Strait en la gramola. Los hombretones jugaban al póquer en dos hileras de mesas de madera.

Una vez dentro, escrutó los rostros en busca de Cat. La descubrió cerca de la pared, de pie, hombro con hombro con otra chica, ambas con la cabeza inclinada sobre sus smartphones. Hacían una pareja insólita. Cat era una belleza de corte clásico, con una melena castaña lisa y un rostro hispano que parecía esculpido. Su escuálida compañera llevaba un gorro de lana del que salían mechones en punta teñidos de naranja, y su cara de porcelana estaba tachonada de piercings.

Serena tecleó un mensaje en su propio teléfono y lo envió. «Mira a la puerta».

La cara de Cat se alzó en cuanto recibió el mensaje. Abrió los ojos de par en par, y Serena leyó en los labios de la chica: «Oh, mierda».

Cat se apresuró a susurrar algo al oído de su amiga. Serena vio que la otra chica la examinaba como un científico que observara la actividad frenética en el otro extremo de un microscopio. La chica delgada llevaba una camiseta de rejilla escotada con unos sujetadores negros debajo, y una minifalda tejana que le llegaba hasta medio muslo. Cogió una bandeja para copas —era una de las camareras— y le dedicó una sonrisita a Serena mientras se dirigía hacia la barra y dejaba a Cat sola ante el peligro.

Serena se acercó a la mesa alta junto a la que estaba Cat. La sonrisa de la joven se había evaporado, igual que todo su aire de adulta. Los adolescentes se debatían con suma facilidad entre la madurez y la inocencia. Ahora volvía a ser una niña, pero también era una niña embarazada de cinco meses.

—Lo siento muchísimo… —empezó a decir, pero Serena la interrumpió.

—No te esfuerces. No me interesan tus disculpas.

Se contuvo antes de decir algo de lo que después pudiera arrepentirse. Estaba demasiado enfadada incluso para mirar a Cat. En lugar de eso, por costumbre, inspeccionó a los clientes del bar. Era un grupo de gente curtida, en nada parecido a los universitarios o los turistas de clase media que llenaban los bares de Canal Park.

Los marineros más aguerridos iban al Grizzly Bear al bajar de los cargueros y compensaban los días de sequía pasados en el lago con alcohol a espuertas. Oyó risas roncas y discusiones que subirían de tono hasta convertirse en peleas. Los musculosos antebrazos de aquellos hombres estaban repletos de cortes y cicatrices, y docenas de botellas de cerveza vacías lucían la marca de sus grasientas huellas dactilares.

En la esquina opuesta del bar, Serena distinguió a una mujer que no encajaba con el resto. Estaba sentada sola, con una sonrisa nerviosa en su rostro redondeado. La larga melena rubia, peinada con raya en medio, le colgaba como si los cabellos fueran espaguetis lacios. Tenía un aspecto típicamente estadounidense, con ojos azules y piel tersa, igual que una animadora sacada de un anuario universitario. Debía de tener unos veintidós años. No paraba de consultar su móvil, que descansaba frente a ella, sobre la mesa, y cada vez que se abría la puerta dirigía una rápida mirada hacia allí.

Algo en esa joven hizo disparar todas las alarmas en la cabeza de Serena. Aquel sitio no era adecuado para ella. Le entraron ganas de acercarse y decirle: «¿Qué haces aquí?».

Título: Adiós a los muertos (PDF-EPUB)
Autores: Brian Freeman
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.9 MB
Formato: PDF-EPUB

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Brian Freeman - Adiós a los muertos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Brian Freeman - Adiós a los muertos (PDF-EPUB) Serena divisó el Grand Am aparcado a media manzana del bar de Duluth. Alguien esperaba dentro del coche. Los mosquitos revoloteaban en una nube frente a los faros. Las trompetas de una sinfonía rusa —una pieza estruendosa y triste de Shostakóvich— atronaban a través de las ventanillas abiertas. Serena aspiró el olor acre del humo de un cigarrillo de liar que le trajo la llovizna. Más allá del coche,…

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