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Arturo Pérez-Reverte – Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)

Arturo Pérez-Reverte – Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)

Arturo Pérez-Reverte - Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)

Arturo Pérez-Reverte – Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Arturo Pérez-Reverte – Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)

Luego de la aventura de los dos ingleses narrada en El capitán Alatriste, Francisco de Quevedo se acerca a Diego Alatriste para pedirle su ayuda. Un padre y sus dos hijos desean rescatar a su hija del convento donde se encuentra recluida porque tienen fuertes sospechas de que el padre confesor abusa de su posición para tener contacto carnal con las novicias. Ellos se sienten indignados porque la sociedad los discrimina pues, a pesar de ser católicos, tienen antepasados que fueron judíos y por ello no gozan de una debida «limpieza de sangre».

Diego Alatriste acude al convento acompañado de Francisco de Quevedo y su paje, Ínigo Balboa. Los alguaciles les esperaban para tenderles una trampa, y una vez dentro de él se inicia la lucha. El asalto al convento es un crimen penado con la muerte. Todos lograron escapar menos Íñigo Balboa, quien es capturado por Gualterio Malatesta y llevado ante el Tribunal de la Inquisición.

Diego Alatriste busca liberar a Íñigo y en su desesperación, al enterarse de que detrás de la emboscada se encontraba el Secretario Real Luis de Alquézar, entra en la casa de Alquézar y lo ataca. La sobrina del secretario, Angélica de Alquézar, lo encuentra y lo ataca, causando un gran alboroto y la huida de Alatriste.

En un encuentro previo al asalto del convento, Íñigo Balboa recibe de Angélica de Alquézar un extraño dije con inscripcionoes que no identifica. Durante su reclusión en los calabozos de la Santa Inquisición, se descubre que este dije tiene caracteres hebreos, por lo que Íñigo es programado para presentarse en el siguiente auto de fe.

Diego Alatriste acude al Conde de Guadalmedia, y por vía de este al Conde de Olivares, privado del Rey. El Conde de Olivares accede a ayudar a Alatriste y le entrega los datos para acceder a un secreto. Quevedo viaja a recogerlo. Mientras tanto, todo queda expedito para que se lleve adelante el auto de fe.

Durante el auto de fe, estando ya por dictarse la condena de Íñigo Balboa (hoguera por judaizante), Quevedo llega y muestra a Luis de Alquézar los documentos que prueban que él tampoco goza de una adecuada limpieza de sangre, y que constituían el secreto que el Conde de Olivares les confió para ayudar a Balboa. Alquézar suspende el auto de fe y ordena la liberación de Balboa. En ese auto de fe es quemada en la hoguera la novicia que iba a ser liberada por Alatriste; pero su hermano mayor (único superviviente del asalto) logra asesinar al confesor.

Prólogo

Aquel día corrieron toros en la plaza Mayor, pero al teniente de alguaciles Martín Saldaña se le aguó la fiesta. La mujer había aparecido estrangulada dentro de una silla de manos, ante la iglesia de San Ginés, con un bolsillo entre los dedos que contenía cincuenta escudos y una nota manuscrita, sin firma, con las palabras: «Para misas por su alma». La había encontrado una beata madrugadora, que avisó al sacristán, y éste al párroco, quien tras una urgente absolución sub conditione dio cuenta a la Justicia. Cuando el teniente de alguaciles hizo acto de presencia en la plazuela de San Ginés, los vecinos y curiosos se arremolinaban ya en torno a la silla. Aquello se había convertido en una romería, de modo que fueron menester unos corchetes para mantener alejada a la gente mientras el juez y el escribano levantaban acta, y Martín Saldaña le echaba un vistazo tranquilo al cadáver.

Saldaña se desempeñaba en todo del modo más cachazudo del mundo, cual si tuviera siempre mucho tiempo por delante. Tal vez por su condición de antiguo soldado —lo había sido en Flandes antes de que su mujer le consiguiera, decían, la vara de teniente —, el jefe de los alguaciles de Madrid, solía tomarse las cosas del oficio con mucha flema, a un paso que cierto poeta satírico, el beneficiado Ruiz de Villaseca, había descrito en una décima envenenada como paso de buey, en clara alusión a su supuesta forma de tomar vara, o varas. De cualquier modo, si bien es cierto que Martín Saldaña resultaba lento para algunas cosas, no lo era en absoluto a la hora de servirse de la espada, la daga, el puñal o los pistolones bien cebados que solía cargar al cinto con amenazador tintineo de ferretería. El propio beneficiado Villaseca, a quien le habían abierto tres ojales de espada, a la puerta misma de su casa, la noche del tercer día después de difundirse en el mentidero de San Felipe la décima de marras, podía dar fe de ello en el purgatorio, el infierno, o donde diablos anduviese a tales alturas
del negocio.

El caso es que del despacioso vistazo que el teniente de alguaciles le echó al cadáver, apenas salió nada. La muerta era madura, más cerca de cincuenta que de cuarenta, vestida con amplio sayal negro y tocas que le daban aspecto de dueña, o mujer de compañía.

Llevaba un rosario en la faltriquera, con una llave y una arrugada estampa de la Virgen de Atocha, y al cuello una cadena de oro con la medalla de Santa Águeda; y sus facciones hacían pensar que en su juventud no fue moza mal favorecida.

No había en ella más señales de violencia que el cordón de seda que aún ceñía su cuello, y la boca abierta en el rictus de la muerte. Por el color y rigidez se concluyó que había sido estrangulada la noche anterior, dentro de la misma silla de manos, antes de ser llevada a la iglesia. El detalle de la bolsa con dinero para misas por su alma indicaba un retorcido sentido del humor, o una gran caridad cristiana. A fin de cuentas, en aquella España oscura, violenta y contradictoria que fue la de nuestro católico Rey Don Felipe IV, donde disipados calaveras y crudos valentones pedían confesión a gritos tras recibir un pistoletazo o una estocada, no era singular vérselas con un asesino piadoso.

Martín Saldaña nos refirió el suceso por la tarde. O sería más exacto precisar que se lo comentó al capitán Alatriste cuando nos encontramos en la puerta de Guadalajara, viniendo nosotros con el gentío de la plaza Mayor, y Saldaña de terminar su averiguación sobre la mujer muerta, cuyo cadáver había quedado expuesto en Santa Cruz dentro de un ataúd de ahorcados, por si alguien lo identificaba. Lo comentó muy de paso, más interesado por la bravura de los toros corridos en la plaza que por el crimen que tenía entre manos; cosa lógica, si consideramos que en el peligroso Madrid de la época menudeaban los muertos callejeros, pero ya empezaban a escasear los buenos festejos de toros y cañas. Las cañas, una suerte de torneo a caballo entre cuadrillas de gentiles hombres principales donde a veces participaba el Rey nuestro señor, se habían amanerado entre lindos y pisaverdes, más pendientes de lazos, cintas y damas que de romperse la crisma como Dios manda; y ya no eran, ni de lejos, lo que en tiempos del guerrear entre moros y cristianos, o incluso aún en vida del abuelo de nuestro joven monarca, el gran Felipe II. En cuanto a los toros, ésa continuaba siendo otra gran afición del pueblo español en aquel primer tercio del siglo. De los más de setenta mil habitantes de Madrid, las dos terceras partes acudían a la plaza Mayor cada vez que se lidiaban cornúpetas, celebrándose el valor y destreza de los caballeros que se enfrentaban a los animales. Porque en aquel tiempo, hidalgos, grandes de España y hasta personas de sangre real no tenían reparos en salir a la plaza, jinetes en sus mejores corceles, para quebrarle el rejón en la cruz a un jarameño o matarlo pie a tierra, con la espada, entre los aplausos del entusiasmado gentío, que igual se cobijaba bajo los arcos de la plaza, en caso del vulgo, que en balcones alquilados hasta a veinticinco y cincuenta escudos por cortesanos, nuncio y embajadores extranjeros.

Aquellos lances eran celebrados luego en coplas y versos; tanto los gallardos, que los había numerosos, como los graciosos y grotescos, que tampoco escaseaban y eran materia a la que los ingenios de la Corte no tardaban en sacar punta. Como cuando un toro perseguía a un alguacil —la justicia no gozaba entonces, como tampoco ahora, de gran favor popular— y todo el público se ponía de parte del toro…

Título: Limpieza De Sangre (PDF-EPUB)
Autores: Arturo Pérez-Reverte
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.6 MB
Formato: PDF-EPUB

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Arturo Pérez-Reverte - Limpieza De Sangre (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Arturo Pérez-Reverte - Limpieza De Sangre (PDF-EPUB) Luego de la aventura de los dos ingleses narrada en El capitán Alatriste, Francisco de Quevedo se acerca a Diego Alatriste para pedirle su ayuda. Un padre y sus dos hijos desean rescatar a su hija del convento donde se encuentra recluida porque tienen fuertes sospechas de que el padre confesor abusa de su posición para tener contacto carnal con las novicias. Ellos se sienten indignados porque la sociedad los discrimina pues,…

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