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Arturo Pérez-Reverte – El Francotirador Paciente (PDF)

Arturo Pérez-Reverte – El Francotirador Paciente (PDF)

Arturo Pérez-Reverte - El Francotirador Paciente (PDF)

Arturo Pérez-Reverte – El Francotirador Paciente (PDF)

Introduccion del Libro Arturo Pérez-Reverte – El Francotirador Paciente (PDF)

Eran lobos nocturnos, cazadores clandestinos de muros y superficies, bombarderos sin piedad que se movían en el espacio urbano, cautos, sobre las suelas silenciosas de sus deportivas. Muy jóvenes y ágiles.

Uno alto y otro bajo. Vestían pantalones vaqueros y sudaderas de felpa negra para camuflarse en la oscuridad; y, al moverse, en las mochilas manchadas de pintura tintineaban sus botes de aerosol provistos de boquillas apropiadas para piezas rápidas y de poca precisión. El mayor de los dos tenía dieciséis años. Se habían conocido en el metro dos semanas atrás, por las mochilas y el aspecto, mirándose de reojo hasta que uno de ellos hizo con un dedo, sobre el cristal, el gesto de pintar algo. De escribir en un muro, en un vehículo, en el cierre metálico de una tienda. Habían intimado pronto, buscando juntos huecos o piezas ajenas en paredes saturadas, fábricas abandonadas del extrarradio e instalaciones ferroviarias, merodeando con sus aerosoles hasta que vigilantes o policías los ponían en fuga. Eran plebeyos, simple infantería. El escalón más bajo de su tribu urbana.

Parias de una sociedad individualista y singular en la que sólo se ascendía por méritos ganados en solitario o en pequeños grupos, imponiendo cada cual su nombre de batalla con esfuerzo y constancia, multiplicándolo hasta el infinito por todos los rincones de la ciudad. Los dos eran chicos recién llegados a las calles, todavía con poca pintura bajo las uñas. Chichotes vomitadores, dicho en jerga del asunto: escritores novatos de firma repetida en cualquier sitio, poco atentos al estilo, sin respetar nada ni a nadie. Dispuestos a imponerse tachando lo que fuera, firmando de cualquier modo sobre piezas ajenas, con tal de hacerse una reputación. Buscaban, en especial, obras de consagrados, de reyes callejeros; grafitis de calidad donde escribir su propio logo, el tag, la firma mil veces practicada, primero sobre un papel, en casa, y ahora sobre cuanta superficie adecuada se topaban de camino. En su mundo hecho de códigos, reglas no escritas y símbolos para iniciados, donde un veterano solía retirarse a poco de cumplir los veinte años, un tachado sobre una firma ajena era siempre una declaración de guerra; una violación de nombre, territorio, fama de otros. Los duelos eran frecuentes, y eso era lo que aquellos chicos buscaban. Habían estado bebiendo coca-cola y bailando break hasta la medianoche, y ahora se sentían ambiciosos y osados.

Soñaban con bombardear y quemar con su firma los muros de la ciudad, los paneles de las autopistas.

Soñaban con cubrir superficies móviles tradicionales como un autobús o un tren de cercanías. Soñaban con la pieza más difícil y codiciada por cualquier grafitero de cualquier lugar del mundo: una chapa. Un vagón de metro. O de momento, en su defecto, pisarle el tag a uno de los grandes: Tito7, Snow, Rafita o Tifón, por ejemplo. Incluso, con suerte, a los mismísimos Bleck o Glub. O a Muelle, el padre de todos ellos.

—Ahí —dijo el más alto.

Se había detenido en una esquina y señalaba hacia la calle contigua, iluminada por una farola que esparcía un círculo de luz cruda sobre la acera, el asfalto y parte del muro de ladrillo de un garaje con el cierre metálico bajado. Había alguien allí, frente al muro, en plena escritura, justo en el límite de la luz y la sombra. Desde la esquina sólo podía vérsele de espaldas: delgado, aspecto joven, una sudadera de felpa con la capucha puesta sobre la cabeza, la mochila abierta a los pies, un aerosol en la mano izquierda, con el que en ese momento rellenaba de rojo una enorme r, sexta letra de un tag marcado con caracteres de un metro de altura y aspecto singular: un estilo de pompa sombreado, sencillo y envolvente, fileteado con outline azul, grueso, en el que parecía estallar, como un brochazo o un disparo, el rojo de cada una de las letras que contenía.

—Hostia hostia —murmuró el chico alto.

Estaba inmóvil junto a su compañero, mirando asombrado. El que trabajaba en la pared había terminado de dar color a las letras, y ahora, tras buscar en el interior de la mochila ayudándose de una pequeña linterna, empuñaba un aerosol blanco con el que cubrió el interior del punto de la letra central, que era una i. Con movimientos rápidos, en toques cortos y precisos, el grafitero rellenó el círculo y lo cruzó luego en vertical y horizontal con dos líneas negras que le daban un aspecto parecido a una cruz celta. Después, sin mirar siquiera el resultado final, se inclinó para guardar el bote en la mochila, cerrar ésta y colgársela a la espalda. El punto de la i se había convertido ahora en el círculo del visor de una mira telescópica, como la de los rifles…

Título: El Francotirador Paciente (PDF)
Autores: Arturo Pérez-Reverte
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.6 MB
Formato: PDF

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Arturo Pérez-Reverte - El Francotirador Paciente (PDF) Introduccion del Libro Arturo Pérez-Reverte - El Francotirador Paciente (PDF) Eran lobos nocturnos, cazadores clandestinos de muros y superficies, bombarderos sin piedad que se movían en el espacio urbano, cautos, sobre las suelas silenciosas de sus deportivas. Muy jóvenes y ágiles. Uno alto y otro bajo. Vestían pantalones vaqueros y sudaderas de felpa negra para camuflarse en la oscuridad; y, al moverse, en las mochilas manchadas de pintura tintineaban sus botes de aerosol provistos de boquillas apropiadas para piezas rápidas y de…

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