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António Lobo Antunes – Memoria de elefante (PDF-EPUB)

António Lobo Antunes – Memoria de elefante (PDF-EPUB)

António Lobo Antunes - Memoria de elefante (PDF-EPUB)

António Lobo Antunes – Memoria de elefante (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro António Lobo Antunes – Memoria de elefante (PDF-EPUB)

El Hospital donde trabajaba era el mismo al que muchas veces, durante su infancia, había acompañado a su padre: antiguo convento con reloj de junta de distrito en la fachada, patio con plátanos oxidados, pacientes con uniforme vagabundeando al azar atontados por los calmantes, la sonrisa gorda del portero frunciendo los labios hacia arriba como si fuese a volar: de vez en cuando, metamorfoseado en cobrador, aquel Júpiter de caras sucesivas se le aparecía en la esquina de la enfermería con carpeta de plástico bajo el brazo extendiéndole un papelucho imperativo y suplicante:

—La cuota de la Sociedad, doctor.

Me cago en los psiquiatras organizados en cuartel de policía, pensaba siempre al buscar los cien escudos en el barullo de la billetera, me cago en el Gran Oriente de la Psiquiatría, de los clasificadores pomposos del sufrimiento, de los pirados de la única sórdida forma de locura que consiste en vigilar y perseguir la libertad de la demencia ajena defendidos por el Código Penal de los tratados, me cago en el Arte de la Catalogación de la Angustia, me cago en mí, remataba él guardando el rectángulo impreso, que colaboro con todo eso pagando, en lugar de repartir bombas por los cubos de las vendas y por los cajones de los escritorios de los médicos para hacer estallar, en un hongo atómico triunfante, ciento veinticinco años de idiocia tiranizada.

La mirada intensamente azul del portero-cobrador, que asistía sin entender a una bajamar de revuelta que lo trascendía, lo envolvía en un halo de ángel medieval apaciguador: uno de los proyectos secretos del médico consistía en saltar a pie juntillas dentro de los cuadros de Cimabue y disolverse en los ocres desvaídos de una época aún no mancillada por las mesas de fórmica y por las estampas de la Santita: emprender vuelos rasantes de perdiz, disfrazado de serafín luciente, por las rodillas de vírgenes extrañamente idénticas a las mujeres de Delvaux, maniquíes de asombro desnudo en estaciones que nadie habita. Un resto agonizante de furia salió girando por el desagüe de su boca:

—Señor Morgado, por la salud de sus huevos y la de los míos, no me joda más con la mierda de las cuotas durante un año, y dígales a la Sociedad de Neurología y Psiquiatría y demás amanuenses del cerebelo afines que se metan mi dinero bien enrolladito y lubricado en el sitio que ya saben, muchas gracias, he dicho y que así sea.

El portero-cobrador lo escuchaba respetuosamente (este tío debe de haber sido en la mili el chivato favorito del sargento, descubrió el médico), reinventando las leyes de Mendel a la medida de su intelecto de dos habitaciones con derecho a cocina:

—Se nota enseguida que el señor doctor es hijo del señor doctor: en una ocasión, su padre de usted sacó al inspector del laboratorio por las orejas.

Con el acimut dirigido hacia el libro de fichar y un seno de Delvaux esfumándose en un ángulo de la mente, el psiquiatra se dio cuenta de pronto de la admiración que habían despertado aquí y allá, en la nostalgia de ciertas barrigas canosas, las proezas bélicas de su progenitor. Chiquillos, los llamaba su padre. Cuando veinte años atrás su hermano y él se iniciaron en el hockey del Fútbol Benfica, el entrenador, que había compartido con su padre Aljubarrotas áureas de cachetadas en la nuca, se quitó el silbato de la boca para advertirles con gravedad:

—Espero que salgan a Joao, que cuando tocaba a Santos era una fiera con los puños. En el treinta y cinco, en el cuadrilátero de la Gomes Pereira, fueron tres de la Academia de Amadora para Sao José.

Y añadió bajito con la dulzura de un recuerdo grato:

—Fractura de cráneo. —Con el tono de voz en el que se revelan secretos íntimos de pasión adolescente, conservada en el cajón de la memoria que se dedica a las inutilidades de pacotilla que dan sentido a un pasado.

—Pertenezco irremediablemente a la clase de los mansos refugiados tras el cercado —reflexionó él al firmar su nombre en el libro que le extendía el bedel, viejo calvo habitado por la extraña pasión de la apicultura, escafandrista de red encallado en un arrecife de insectos—, a la clase de los mansos perdidos refugiados tras el cercado soñando con el toril del útero de su madre, único espacio posible donde aplacar las taquicardias de la angustia.

Y se sintió como expulsado y lejos de una casa cuya dirección había olvidado, porque conversar con la sordera de la madre se le antojaba más inútil que llamar a la puerta cerrada de una habitación vacía, a pesar de los esfuerzos del audífono a través del cual ella mantenía con el mundo exterior un contacto distorsionado y confuso hecho de ecos de gritos y de enormes gestos explicativos de payaso pobre. Para entrar en comunicación con ese huevo de silencio, el hijo iniciaba una especie de tamboreo zulú ritmado con chirridos, saltaba en la alfombra deformándose en muecas de goma, batía palmas, gruñía, acababa desplomándose extenuado en un sofá gordo como un diabético contrario a la dieta, y era entonces cuando, movida por un tropismo vegetal de girasol, la madre alzaba el mentón inocente de la calceta y preguntaba:

—¿Eh? —Con las agujas suspendidas sobre el ovillo a la manera de un chino paralizando los palitos frente al almuerzo interrumpido…

Título: Memoria de elefante (PDF-EPUB)
Autores: António Lobo Antunes
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 898 KB
Formato: PDF-EPUB

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António Lobo Antunes - Memoria de elefante (PDF-EPUB) Introduccion del Libro António Lobo Antunes - Memoria de elefante (PDF-EPUB) El Hospital donde trabajaba era el mismo al que muchas veces, durante su infancia, había acompañado a su padre: antiguo convento con reloj de junta de distrito en la fachada, patio con plátanos oxidados, pacientes con uniforme vagabundeando al azar atontados por los calmantes, la sonrisa gorda del portero frunciendo los labios hacia arriba como si fuese a volar: de vez en cuando, metamorfoseado en cobrador, aquel Júpiter de…

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