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Anne Golon & Serge Golon – Angélica se rebela (PDF-EPUB)

Anne Golon & Serge Golon – Angélica se rebela (PDF-EPUB)

Anne Golon & Serge Golon - Angélica se rebela (PDF-EPUB)

Anne Golon & Serge Golon – Angélica se rebela (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Anne Golon & Serge Golon – Angélica se rebela (PDF-EPUB)

Al llegar a Marsella, el señor de Breteuil, enviado del Rey de Francia, que había detenido a Angélica en Ceuta, la hizo encerrar en el fuerte del Almirantazgo.

En tanto permaneciesen en esa ciudad, donde no hacía mucho la marquesa de Plessis-Belliére había engañado tan bien a la policía del Reino, el gentilhombre no se sentía tranquilo. Fue pues en un oscuro y siniestro calabozo donde la antigua cautiva de los berberiscos, evadida del harén de Muley Ismael a costa de tantos padecimientos, adquirió la certidumbre de que esperaba un hijo.

Se le ocurrió esta idea al día siguiente de su encarcelamiento en la ciudadela, cuando, al despertar, su situación de animal nuevamente caído en la trampa se le apareció más clara. La prisión del Almirantazgo carecía de las comodidades más elementales. Pese al cuadro de cielo azul, recortado en lo alto, entre los barrotes de hierro de la ventana, Angélica experimentó una trágica impresión de asfixia. Toda la noche había luchado contra una horrible sensación de estar enterrada viva que se apoderaba de ella tan pronto como cerraba los párpados, y al amanecer, sus nervios, que hasta entonces habían resistido bastante bien, cedieron.

Un impulso de pánico la precipitó hacia la puerta, golpeando con ambas manos la dura madera, sin gritos, pero con una fuerza acentuada por la angustia.

¡Cielo, cielo, aire puro! La habían encerrado en aquella tumba, ella que llevaba muchos días y muchas noches viviendo en el círculo inmenso y mágico del desierto. Esta limitación la ponía al borde de la agonía. Y como un pájaro asustado en su jaula, se hacía daño contra la implacable barrera de madera y de hierro, golpeada en silencio. Porque sus manos diáfanas, que todavía conservaban huellas de los sufrimientos pasados en el desierto, no hacían más ruido en la maciza puerta que el aleteo de un pájaro. Cuando Angélica sintió el dolor de sus palmas desolladas, cesó de golpear y retrocedió hasta la pared, en la que se recostó. Su mirada iba de la puerta al tragaluz enrejado. El azul del cielo era como un agua pura de la que Angélica estaba sedienta.

Pero Osman Ferradji no vendría a buscarla para llevarla por los techos llanos, a saciarse los ojos con una engañosa impresión de espacio. Los que la rodeaban eran extraños de mirada apagada y conlas almas llenas de recelo.

Desde París, el duque de Vivonne, que quería redimirse de los errores pretéritos, había dado contra ella las órdenes más draconianas. El Almirantazgo de Marsella debía prestar la más completa ayuda al señor de Breteuil. Hubiera sido inútil tratar de conseguir el apoyo de quien fuera, y por otra parte Angélica no se sentía en condiciones de utilizar sus armas. La abrumaba una terrible fatiga y en ciertos momentos le parecía que nunca había sentido otra igual, ni siquiera en los caminos del Rif. El viaje por mar de Ceuta a Marsella, con parada en Cádiz, había sido un suplicio durante el cual Angélica perdió cada día una parte de su valor. Al detenerla en nombre del Rey, ¿habría roto el señor de Breteuil el resorte que le permitía revivir?

Angélica se arrastró hacia su jergón. Era un montón de paja muy dura sobre una tabla, pero de eso Angélica no se quejaba. Allí dormía mejor que sobre blandos almohadones, y el único lecho a que aspiraba para descansar sus miembros derrengados era un pedazo de tierra cubierto de césped, en algún lugar lejano, bajo los cedros.

Su mirada volvió a fijarse en la puerta. ¡Cuántas puertas cerradas ante ella en el curso de su existencia!, pensaba Angélica, cada vez más pesadas, cada vez más herméticas. ¿Era una jugarreta que el destino se complacía en gastarle, para castigarla por haber sido aquella chiquilla de Monteloup que corría descalza por los senderos del bosque, tan apasionantemente prendada de la libertad que los campesinos la creían un poco hada?

«No pasarás», decían las puertas. Y cada vez que Angélica conseguía evadirse, otra se erguía apresuradamente, todavía más implacable. Después de la de la miseria, había habido la del Rey de Francia, luego las rejas del harén de Muley Ismael, y ahora, otra vez, el Rey de Francia. ¿Sería él el más fuerte?

Angélica pensó en Fouquet, en el marqués de Vardes, y hasta en aquel loco de Lauzún, encarcelados también no lejos de allí, en la fortaleza de Pignerol; en todos los que pagaban durante años, tras las rejas de las cárceles, indisciplinas menos graves que las que ella había cometido. La conciencia de su aislamiento y su debilidad, la abrumó. Al volver a pisar tierra de Francia, había entrado en un mundo donde los hombres sólo actuaban siguiendo dos criterios: el miedo o el afecto al Rey. Fuese como fuese, lo único que imperaba era la voluntad del amo. En estas orillas, la fuerza física y moral de un Colin Paturel,su bondad increíble, su inteligencia sutil, eran valores que no se cotizaban. Cualquier cretino, con tal de que llevase casaca y peluca, podía menospreciarlo.

Título: Angélica se rebela (PDF-EPUB)
Autores: Anne Golon & Serge Golon
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.4 MB
Formato: PDF-EPUB

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Anne Golon & Serge Golon - Angélica se rebela (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Anne Golon & Serge Golon - Angélica se rebela (PDF-EPUB) Al llegar a Marsella, el señor de Breteuil, enviado del Rey de Francia, que había detenido a Angélica en Ceuta, la hizo encerrar en el fuerte del Almirantazgo. En tanto permaneciesen en esa ciudad, donde no hacía mucho la marquesa de Plessis-Belliére había engañado tan bien a la policía del Reino, el gentilhombre no se sentía tranquilo. Fue pues en un oscuro y…

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