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Andrea Tomé – Corazon De Mariposa (PDF)

Andrea Tomé – Corazon De Mariposa (PDF)

Andrea Tomé - Corazon De Mariposa (PDF)

Andrea Tomé – Corazon De Mariposa (PDF)

Introduccion del Libro Andrea Tomé – Corazon De Mariposa (PDF)

Las palabras de Marcos –pidiéndome desesperadamente que lo escuche– me llegan ahogadas a través del auricular de mi teléfono móvil. Su voz, de pronto metálica, confluye en el aire con los jadeos de mi respiración agitada hasta desaparecer. Me he colgado la mochila de los hombros y he cruzado la puerta del aulario. Estoy fuera, en la calle, bajo el cielo gris. Una brisa gélida me revuelve el pelo.

Empiezo a correr. No sé adónde voy. Me pongo los cascos para no tener que escuchar el runrún incesante de mis pensamientos, para dejar atrás sus excusas venenosas, susurradas entre el eco de las calles de Dublín.

Camino sin rumbo por las calles comerciales. Me estoy perdiendo una clase de Crítica Literaria cuya asistencia suma casi un cuarto de la nota final, pero yo solo puedo pensar en los kilómetros, en la distancia y en las despedidas que llegan demasiado pronto. Aún tengo el olor del perfume de Marcos en lo más hondo de mis fosas nasales, como si estuviese abrazándome por detrás, como hacía hace… ¿Cuánto hace ya que se fue? El líquido salado de mis lágrimas me divide el rostro en tres partes.

Entro en un bar con las paredes revestidas de negro y, en el servilletero metálico, escudriño mi rostro. Mil insultos cruzan mi mente en un segundo: fea, gorda, estúpida, zorra, fracasada, penosa, niñata, patética…

El tiempo pasa muy despacio. Estiro un pie, me acerco al baño. Mis zapatillas de deporte rosas se quedan pegadas en el suelo, sucio, al pisar un chicle. Respiro y abro la puerta. Cierro los ojos. No me queda nada.

Prólogo

Todos creen que he intentado suicidarme. Probablemente, incluso, estuviesen esperándolo. Quizá porque Marcos acaba de dejarme, porque hace ya un año que papá se fue, porque resultaba inevitable que algún día quisiese cruzar la línea que conduce al infierno. Pero no es cierto. Nada de eso es cierto.

Al coger aquella navaja, después de que Marcos pronunciase las cuatro palabras definitivas («deberíamos darnos un tiempo»), no pensaba en acabar con mi vida; ni siquiera era consciente de que eso fuese posible. Solo quería que todo ese odio que llevaba dentro se disipase, fluyese libre como la sangre rojo fresa que corría por mis muñecas.

Y ha ocurrido. He despertado en una habitación blanca como mi futuro, como las vendas que me ocultaban mis heridas, como el rostro de mi hermana, que me miraba con los labios fruncidos en una expresión de desencanto desde la butaca azul de las visitas. Allí sigue ella, escudriñándome con una ceja arqueada. Aquí sigo yo, incapaz de moverme o respirar.

El fluorescente del techo tintinea como una luciérnaga, tiñendo mi campo visual de plateado. Creo que solo llevo unas horas en este lugar, aunque a mí me parece una eternidad.

–No he avisado a mamá –dice Blanca poniéndose en pie y haciendo que su larga melena castaña ondee en el aire. La cabeza me da vueltas.

–No he intentado suicidarme –afirmo con suavidad. Ella parpadea, hundiendo las manos en los bolsillos de su rebeca llena de pelotillas–. Ya se lo he explicado a la doctora, pero no me hace caso.

–Suspiro, intentando mostrarle mis heridas cerradas. Luego recuerdo que todavía me tienen prisionera en esta cárcel que huele a medicinas y a guantes de látex. Un cuadro de Delacroix, cuya parte derecha aparece velada debido a la cegadora luz del sol que entra a través de la ventana, me sonríe desde la pared pálida que se extiende ante mí. No se me ocurre a qué clase de mente enajenada ha podido parecerle una buena idea colgar una obra del romántico en una habitación de la planta de psiquiatría–. ¡Mira! Los cortes son horizontales. Habría sido imposible que me desangrase.

–Relajo los hombros, pero Blanca sigue sin escucharme–. Anda, díselo a la doctora.

Camina en círculos sobre las baldosas grises del suelo, repasando las juntas con las puntas gastadas de sus deportivas. Su interior explota como la dinamita mientras se detiene a mi izquierda, apartando el carrito vacío que hace las veces de mesita de noche. Suele pasarle a menudo, como atestiguan sus mejillas coloradas. Parece que alguien haya prendido una cerilla en ellas.

–¿Para que vuelvas a hacerlo? ¡Ni de broma, bonita!

Blanca y yo solo nos llevamos dieciocho meses –ni siquiera dos años completos–, pero ella se ha acostumbrado a comportarse como una madre conmigo. Supongo que lo decidió cuando, a los trece, me dijeron: «Victoria, pesas treinta y seis kilos. Vamos a tener que internarte». Tal vez las palabras no fueran exactamente esas, pero el mensaje es el mismo.

De eso han pasado ya seis años. Ahora llevo uno y medio en casa, y peso cincuenta kilos. Me han amansado como a una leona buena, expuesto con el cartel «anoréxica rehabilitada» y llenado de comida como una piñata. En mis muslos, en mi vientre y en mis caderas se acumula, latente, la grasa.

Y me asfixia. A mi cuerpo de porcelana no le gusta sentirse pesado.

–Venga, que si no van a volver a hospitalizarme –insisto, pero Blanca se da la vuelta, dirigiéndose a la salida. La puerta abierta, con su marco metálico, parece estar llena de promesas–. Por favor, que no es justo.

No quiere escucharme. Nadie quiere hacerlo nunca. Cuando ellos –todos los demás– me miran, solo ven un par de ojos febriles y unos pómulos salientes. Me imponen dietas que no necesito y me vigilan mientras como. Si voy al baño, se quedan en la puerta, tal vez esperando oír esa tos inequívoca que precede al vómito. Para ellos siempre seré la niña que casi se mata de hambre.

–Blanca, va, pero si he engordado. No me hagas esto, por favor. Otra vez no…

Pero lo hace. Una y otra vez. No parará hasta que me convierta en una cerdita rosa a la que alimentar antes de que llegue su San Martín. Con un par de pasos rápidos me deja sola, abandonándome a mi tristeza.

Nadie espera que, tras sobrevivir a una enfermedad, una pareja pueda romper. Los finales felices y las sonrisas de anuncio de dentífrico se dan por hechos. Pero, por inimaginable que parezca, ocurre.

A Marcos lo conocí a los catorce, en los intervalos entre las hospitalizaciones, y me apoyó desde el principio. No sé por qué. Me animaba a curarme y, las pocas ocasiones en que se lo permitían, venía a visitarme con un libro o un ramo de flores debajo del brazo. No me juzgaba. No me reñía.

Solo estaba ahí. Y me gustaba mucho… muchísimo. A veces, me miraba al espejo e incluso me veía guapa. Todo gracias a él.

Una primavera, a los diecisiete, pisé por última vez la clínica. Les dije adiós a las terapias individuales, las de grupo y las de familia; a los laxantes, los diuréticos y el té rojo. Estaba asqueada. Me porté bien, sonreí e hice todas mis comidas; subí de peso como ellos querían y dije que me alegraba de estar tan sana. ¡Inocente! Los controles y los psicólogos no desaparecieron; los médicos no comenzaron a confiar en mí mágicamente. Me esforcé y aprobé bachillerato, y nadie me dio una palmadita en la espalda cuando llegaron los certificados de las pruebas de acceso a la universidad. Nada había cambiado. Estaba gorda, pero nada había cambiado. Y ahora, después de cinco años juntos, Marcos decide que «deberíamos darnos un tiempo». Es más divertido irse de Erasmus a Irlanda que cuidar de tu novia anoréxica…

Título: Corazon De Mariposa (PDF)
Autores: Andrea Tomé
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 743 KB
Formato: PDF

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Andrea Tomé - Corazon De Mariposa (PDF) Introduccion del Libro Andrea Tomé - Corazon De Mariposa (PDF) Las palabras de Marcos –pidiéndome desesperadamente que lo escuche– me llegan ahogadas a través del auricular de mi teléfono móvil. Su voz, de pronto metálica, confluye en el aire con los jadeos de mi respiración agitada hasta desaparecer. Me he colgado la mochila de los hombros y he cruzado la puerta del aulario. Estoy fuera, en la calle, bajo el cielo gris. Una brisa gélida me revuelve el pelo. Empiezo a correr.…

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