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André Gide – Teseo (PDF-EPUB)

André Gide – Teseo (PDF-EPUB)

André Gide - Teseo (PDF-EPUB)

André Gide – Teseo (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro André Gide – Teseo (PDF-EPUB)

Fue Hipólito, mi hijo, quien hizo nacer en mí el deseo de narrar mi vida para instruirlo; él ya no está pero, aun así, la narraré. Por él no habría osado relatar, como me dispongo a hacer, algunas aventuras galanas: se mostraba en extremo pudiente, tanto que yo no osaba hablar de mis amores en su presencia. Sin embargo, si bien carecieron de importancia superados los primeros años de mi vida, me enseñaron a conocerme a mí mismo, y a los diferentes monstruos que amaestré. Pues «lo importante es saber, en primer lugar, quiénes somos —le decía a Hipólito—; más tarde, convendrá ser conscientes de nuestra herencia y asumirla. Lo quieras o no, eres, como yo, hijo de rey. Nada hay que objetar: es un hecho; obliga». Pero a Hipólito apenas le preocupaba. Menos aún de lo que a mí a su edad y, como yo antaño, se limitaba a saberlo. ¡Oh, primeros años vividos en la inocencia! ¡Negligente formación! Yo era el viento, la ola. Yo era planta; yo era ave. Ultrapasé mi persona, y todo contacto con el mundo exterior sólo me mostraba sus límites tras haber despertado en mí la voluptuosidad. Acaricié los frutos, la piel de los árboles jóvenes, los lisos guijarros de las riberas, el pelaje de los perros, de los caballos, antes de acariciar a las mujeres. Todo aquello que Pan, Zeus o Tetis me mostraban me exaltaba.

Un día mi padre me dijo que las cosas no podían continuar así. ¿Por qué? Porque, por los dioses, yo era su hijo y debía mostrarme digno del trono que iba a heredar.

Cuando mejor me sentía, sentado en la hierba fresca o la arena ardiente… Con todo, no se puede contrariar al padre. Acertaba al educarme en contra de mi propio raciocinio. Y a él le debo todo lo que fui con posterioridad; una vida alejada del abandono, por placentero que pueda ser dicho estado de libertinaje. Me enseñó que no se obtiene nada importante, ni válido, ni siquiera perdurable, sin esfuerzo.

Y mi primer esfuerzo respondió a su invitación. Acaeció al levantar las rocas en busca de las armas que, afirmaba, Poseidón había ocultado bajo una de ellas. Reía al ver cómo, con el entrenamiento, aumentaba mi potencia. Y ese entrenamiento muscular se imponía al de mi voluntad. Una vez desplazadas en aquella vana búsqueda las pesadas rocas de los alrededores, cuando me disponía a afanarme con las losas del zaguán de palacio, me detuvo:

—Las armas —me dijo— importan menos que el brazo que las sostiene; el brazo importa menos que la inteligente voluntad que lo guía. Hete aquí las armas. He esperado a que las merecieras para entregártelas. Ahora siento en ti la ambición de usarlas y el deseo de gloria que no permitirá que las blandas sino en causas nobles y en beneficio de la humanidad. El tiempo de tu infancia ha quedado atrás. Sé hombre.

Muéstrales qué puede ser y a qué aspira uno de sus semejantes. Hay grandes cosas por hacer. Cúmplelas.

Egeo, mi padre, era un ser excepcional, un hombre como no ha habido otro. En verdad, sospecho que no soy sino su hijo putativo. Así me lo han dicho, y que fui engendrado por el gran Poseidón. Así, debo atribuir a ese dios mi humor cambiante.

En cuestión de mujeres, jamás supe sentar la cabeza. En ocasiones, por causa de Egeo. Pero le agradezco su tutela y haber restaurado el culto a Afrodita en el Ática.

Lamento que un fatal olvido causara su muerte: no haber sustituido por velas blancas las negras velas del barco que me devolvía a Creta, tal como habíamos acordado en caso de regresar victorioso de mi arriesgada aventura. No se puede pensar en todo.

Pero, a decir verdad y si me lo planteo, algo que no suelo hacer, no podría asegurar que realmente se debiera a un descuido. Egeo me cohibía, os lo repito, especialmente cuando, por medio de los filtros de la maga, de Medea, que lo veía, como él a sí mismo, como un marido algo viejo, pensó, lamentable ocurrencia, vivir una segunda juventud, obstruyendo así mi carrera, olvidando que a todo el mundo le llega su hora.

Y con todo, a la vista de las velas negras… Supe, de regreso a Atenas, que se había lanzado al mar.

Un hecho: creo dejar en legado algunas obras notables; purgué la tierra de multitud de tiranos, bandidos y monstruos; borré algunas pistas azarosas por las que incluso los espíritus más temerarios se introducían temblorosos; clareé el cielo para mitigar la sorpresa del hombre que alzara levemente la cabeza.

Es preciso reconocer que, por aquel entonces, el aspecto de la campiña no era ni mucho menos tranquilizador. Grandes superficies sin cultivar surcadas de caminos poco seguros se extendían entre las escasas aldeas. El bosque era espeso y en las montañas abundaban los desfiladeros. Los parajes más peligrosos estaban infestados de bribones que robaban y asesinaban al viajero cuando no lo secuestraban, y no existía ejército alguno que llevara a cabo el menor control. El pillaje se mezclaba con la rapiña, el salvajismo de las bestias de presa y la perfidia de otros elementos, de modo que era imposible saber qué entidad malvada, divina o humana, había golpeado a la imprudente víctima de un ataque, o adivinar el origen, divino o humano, de ciertos monstruos como la Esfinge o la Gorgona, derrotados por Edipo y Belerofonte.

Todo parecía divino, por cuanto era inexplicable, y el terror alcanzó la religión hasta tal punto que el heroísmo llegó a ser considerado impío. La primera victoria del hombre, y la más importante, sería sobre los dioses…

Título: Teseo (PDF-EPUB)
Autores: André Gide
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 586 KB
Formato: PDF-EPUB

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André Gide - Teseo (PDF-EPUB) Introduccion del Libro André Gide - Teseo (PDF-EPUB) Fue Hipólito, mi hijo, quien hizo nacer en mí el deseo de narrar mi vida para instruirlo; él ya no está pero, aun así, la narraré. Por él no habría osado relatar, como me dispongo a hacer, algunas aventuras galanas: se mostraba en extremo pudiente, tanto que yo no osaba hablar de mis amores en su presencia. Sin embargo, si bien carecieron de importancia superados los primeros años de mi vida, me enseñaron a conocerme a mí mismo,…

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