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Anabel Botella – Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3)

Anabel Botella – Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3)

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Introduccion del Libro Anabel Botella – Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3)

Saira jamás había querido ser ella. Desde muy pequeña, rezaba todas las noches para ser como su hermana Mariam. A pesar de haberlo pedido con todas sus fuerzas, nada cambiaba en su vida. Vivía en Kabul y creía tener ocho años. Su madre nunca le hablaba del día en que nació, como tampoco se hablaba en casa de quién era su padre.

Eran tantos los recuerdos dolorosos que acompañaban a su madre, que más valía olvidar.

Lo que sí sabía con seguridad era que Mariam le llevaba más o menos cinco años y que era como la madre que no encontraba en Bahar.

Siempre se había refugiado en los brazos de su abuelo, que era lo más parecido a un padre que conocía. Hamid era un hombre tranquilo al que le gustaba contar cuentos y fumar en su despacho con un libro en las manos. De complexión robusta, había cumplido sesenta y cinco años. Su piel era acetrinada, brillante, y tenía los ojos oscuros y grandes. Le gustaba lucir bigote, «su orgullo», y aunque durante años vistió trajes de lana italianos, ahora su vestuario consistía en un kurta y unos pantalones, y un chaleco de lana en invierno. Solía llevar sombrero, pero desde que los muyahidines llegaron al poder lo había cambiado por un pakul, ya que se negaba a llevar turbante. A Saira le gustaba el olor de su abuelo; era un aroma que la tranquilizaba.

Hamid miraba el pasado con melancolía y aborrecía el futuro que se desplegaba ante su familia. Odiaba en lo que se había convertido su país y temía el incierto día a día, que se abría paso a costa de tantas vidas humanas. Añoraba las risas infantiles en las calles de Kabul, aquellos momentos de una niñez feliz que jamás podrían vivir sus nietas. Recordaba cómo corría por las calles sin temor a ser alcanzado por una bomba o cómo subía a las ramas del árbol más alto para ver ponerse el sol. ¿Dónde habían quedado esas tardes en que los niños jugaban a lanzar con tirachinas bolitas de caca de cabra a los ancianos desde lo alto de las tapias? ¿Dónde estaban aquellos niños que gritaban de emoción cuando se estrenaba una nueva película de Clint Eastwood?

Cuando Hamid miraba el pasado, no solo añoraba al niño que fue, también echaba de menos poder pasear con tranquilidad por su jardín. Su casa, construida en uno de los barrios nuevos de Kabul, llamaba la atención por los rosales del jardín. Se decía que desde el final de la calle se olía el aroma de sus rosas y que cuidaba las flores con el mismo arte con que escribía poemas a Amira, su mujer.

Hamid volvería a su pasado sin pensárselo dos veces, a los días en los que era feliz y podía imaginarse un futuro próspero para su única hija, Bahar. ¡Cómo añoraba los momentos que había compartido con sus compañeros de universidad!

Durante horas, se encerraban en su despacho y charlaban sobre fútbol, sobre la última película que habían visto o sobre política, mientras fumaban tabaco rubio que compraban de contrabando. ¿Dónde habían quedado todos aquellos retazos de historia que se diluían como el humo?

A veces, el abuelo les decía a Saira, a su hermana Mariam y a su madre:

—No debéis temer a los djinn,[3] ni a las margaritas, ni a los libros, ni a los fantasmas. A quien debéis temer es a los hombres.

La primera vez que Saira oyó esa frase apenas tenía cuatro años, pero le llamó la atención. Años más tarde, antes de que el abuelo muriera, le preguntó si las margaritas podían causar algún mal. Hamid, con la paciencia que lo caracterizaba, la sentó en su regazo y le respondió:

—Sabes que, en ocasiones, las mujeres dejan ciertos asuntos a los designios de una margarita — le explicó con fingida voz femenina—. Seguro que Mariam ha jugado alguna vez a ese juego.

Saira jamás había querido ser ella. Desde muy pequeña, rezaba todas las noches para ser como su hermana Mariam. A pesar de haberlo pedido con todas sus fuerzas, nada cambiaba en su vida. Vivía en Kabul y creía tener ocho años. Su madre nunca le hablaba del día en que nació, como tampoco se hablaba en casa de quién era su padre.

Eran tantos los recuerdos dolorosos que acompañaban a su madre, que más valía olvidar.

Lo que sí sabía con seguridad era que Mariam le llevaba más o menos cinco años y que era como la madre que no encontraba en Bahar.

Siempre se había refugiado en los brazos de su abuelo, que era lo más parecido a un padre que conocía. Hamid era un hombre tranquilo al que le gustaba contar cuentos y fumar en su despacho con un libro en las manos. De complexión robusta, había cumplido sesenta y cinco años. Su piel era acetrinada, brillante, y tenía los ojos oscuros y grandes. Le gustaba lucir bigote, «su orgullo», y aunque durante años vistió trajes de lana italianos, ahora su vestuario consistía en un kurta y unos pantalones, y un chaleco de lana en invierno. Solía llevar sombrero, pero desde que los muyahidines llegaron al poder lo había cambiado por un pakul, ya que se negaba a llevar turbante. A Saira le gustaba el olor de su abuelo; era un aroma que la tranquilizaba.

Hamid miraba el pasado con melancolía y aborrecía el futuro que se desplegaba ante su familia. Odiaba en lo que se había convertido su país y temía el incierto día a día, que se abría paso a costa de tantas vidas humanas. Añoraba las risas infantiles en las calles de Kabul, aquellos momentos de una niñez feliz que jamás podrían vivir sus nietas. Recordaba cómo corría por las calles sin temor a ser alcanzado por una bomba o cómo subía a las ramas del árbol más alto para ver ponerse el sol. ¿Dónde habían quedado esas tardes en que los niños jugaban a lanzar con tirachinas bolitas de caca de cabra a los ancianos desde lo alto de las tapias? ¿Dónde estaban aquellos niños que gritaban de emoción cuando se estrenaba una nueva película de Clint Eastwood?

Cuando Hamid miraba el pasado, no solo añoraba al niño que fue, también echaba de menos poder pasear con tranquilidad por su jardín. Su casa, construida en uno de los barrios nuevos de Kabul, llamaba la atención por los rosales del jardín. Se decía que desde el final de la calle se olía el aroma de sus rosas y que cuidaba las flores con el mismo arte con que escribía poemas a Amira, su mujer.

Hamid volvería a su pasado sin pensárselo dos veces, a los días en los que era feliz y podía imaginarse un futuro próspero para su única hija, Bahar. ¡Cómo añoraba los momentos que había compartido con sus compañeros de universidad!

Durante horas, se encerraban en su despacho y charlaban sobre fútbol, sobre la última película que habían visto o sobre política, mientras fumaban tabaco rubio que compraban de contrabando. ¿Dónde habían quedado todos aquellos retazos de historia que se diluían como el humo?

A veces, el abuelo les decía a Saira, a su hermana Mariam y a su madre:

—No debéis temer a los djinn, ni a las margaritas, ni a los libros, ni a los fantasmas. A quien debéis temer es a los hombres.

La primera vez que Saira oyó esa frase apenas tenía cuatro años, pero le llamó la atención. Años más tarde, antes de que el abuelo muriera, le preguntó si las margaritas podían causar algún mal. Hamid, con la paciencia que lo caracterizaba, la sentó en su regazo y le respondió:

—Sabes que, en ocasiones, las mujeres dejan ciertos asuntos a los designios de una margarita — le explicó con fingida voz femenina—. Seguro que Mariam ha jugado alguna vez a ese juego…

Título: Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3)
Autores: Anabel Botella
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.5 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3

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Anabel Botella - Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3) Introduccion del Libro Anabel Botella - Ojos Azules En Kabul (PDF-EPUB-MOBI-FB2-AZW3) Saira jamás había querido ser ella. Desde muy pequeña, rezaba todas las noches para ser como su hermana Mariam. A pesar de haberlo pedido con todas sus fuerzas, nada cambiaba en su vida. Vivía en Kabul y creía tener ocho años. Su madre nunca le hablaba del día en que nació, como tampoco se hablaba en casa de quién era su padre. Eran tantos los recuerdos dolorosos que acompañaban…

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