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Ana María Matute – Paulina (PDF-EPUB)

Ana María Matute – Paulina (PDF-EPUB)

Ana María Matute - Paulina (PDF-EPUB)

Ana María Matute – Paulina (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Ana María Matute – Paulina (PDF-EPUB)

Acababa de cumplir diez años cuando me llevaron con los abuelos, a la casa de las montañas. Primero hicimos un viaje muy largo, que duró cerca de tres días.

Tuvimos que coger dos trenes, y al final (después de tomar café con leche en un bar al lado de la estación, de madrugada, con un frío muy grande), llegó el autocar, pintado de azul, que llevaba a las montañas. Desde luego, fue un viaje larguísimo. A veces sentía un poco de cansancio, pero en general me gustó. Porque a mí me gustan mucho los trenes y, aunque parezca mentira, los túneles. Dormir en el tren, despertarte a medianoche, y oír el trac-trac, y sentir el balanceo, y pensar: «Estoy viajando, voy a través de campos, quizá de bosques, voy por entre boquetes de rocas, y debe hacer mucho frío y mucho miedo ahí fuera, tan de noche, ¡cualquiera está ahí en el campo! Y yo, en cambio, aquí metidita, durmiendo. Con sólo levantar la cortina de cuero de la ventanilla, vería todo ese miedo. Pero voy aquí, arropada y durmiendo». Eso me da cosquillitas frías por el espinazo, de esas tan agradables.

Pues, como iba diciendo, subimos al autocar que llevaba a las montañas, a eso de las cinco de la mañana.

¿Nunca habéis visto una ciudad a las cinco de la mañana? Resulta algo rara, la verdad. Por lo menos en invierno, cuando yo la vi. Todas las tiendas tenían el cierre echado, el parque estaba cerrado y los troncos de los árboles aparecían casi negros.

Las pisadas sonaban en la acera, chop, chop, y aunque no llovía, no sé qué había en el aire, y en los ruidos, que lo parecía. Además, una cosa rara, la luna estaba allí, en el cielo, y el cielo en cambio tenía una luz, que sin ser de día, no era de noche. Y estaban encendidos todos los faroles. Como aquella ciudad era una ciudad vieja, del norte de España, los faroles aún eran de gas, y se oía al pasar debajo de ellos un silbidito pequeño, que me gustaba bastante.

El autocar era más nuevo por fuera que por dentro. A lo mejor es que le habían dado una mano de pintura. Pero los asientos estaban desvencijados, forrados de hule marrón, bastante suciotes y rozados. Como no había mucha gente, nos pusimos al lado de la ventanilla, y cerquita del conductor, para ver bien cómo manejaba aquello.

A mí me gusta mucho ponerme cerca del chófer, y ver qué tal lo hace.

Cuando arrancamos, empezaron a retemblar los cristales de las ventanillas. Daba risa, pensando que era como si el autocar tuviera frío y le castañetearan los dientes.

Yo también tenía frío y metí las manos en los bolsillos. Pero las piernas, y los pies, los tenía helados, y como llenos de sifón por dentro, dando pinchacitos.

—No te pongas de rodillas en el asiento —me dijo entonces Susana.

Bueno, aún no he hablado de Susana. Todo lo del viaje hubiera estado muy bien si no fuera por Susana.

Todo el mundo decía que Susana era una bonísima persona. Susana era muy limpia, muy madrugadora, muy trabajadora, muy alta, muy fuerte. Todo de todo. Pero Susana era para mí como una pared. No entendía nada de lo que yo le decía, no comprendía nada de lo que a mí me gustaba, ni se hacía cargo de cuando yo no podía hacer lo que ella quería. Susana no tenía ni oídos ni ojos, nada más que para oír y ver lo malo. Por lo demás, ya lo he dicho: como una pared.

—¡Susana, ya están bien regastados estos asientos!… Y así me caliento las piernas y veo la carretera —dije, poniendo voz de sueño, para que me hiciera más caso.—

Siéntate como es debido —me dijo.

La voz de Susana era como una lima. ¿No habéis oído nunca limar un trozo de hierro? Pues así.

Como no tengo padres, desde que era muy pequeña —tanto que no me acuerdo de ellos—, sé que he vivido siempre con Susana, porque Susana era prima hermana de mi padre, y la única persona de mi familia que vivía en la ciudad. Creo que de muy, muy pequeña, ya estuve al principio en las montañas, con los abuelos. Pero no tengo más que un recuerdo muy pequeño, como de una casita que se ve de lejos. Luego fui con Susana a la ciudad, porque todos los niños tienen que ir al colegio y estudiar, y en las montañas dicen que no hay colegios. Como los abuelos eran muy viejos, me cuidaba Susana. Todo iba así de corriente, sin nada de particular, hasta que me puse enferma, hace más de un año. Luego me cortaron el pelo, me pude levantar, pasear un poco y ponerme del todo bien. Pero dijeron que en las montañas me pondría mucho mejor. Lo que más me gustó fue que Susana se volvería a la ciudad y me dejaría sola en casa de los abuelos. Al abuelo sí que le conocía, porque alguna vez había ido a verme al colegio. Un par de veces, creo yo, pero me acordaba muy bien de él. Era alto, vestido de negro, y tenía las manos muy grandes. Su anillo de boda casi me hubiera servido de pulsera, y era muy poco hablador, pero a su lado se estaba bien.

Las veces que vino, me llevó a merendar y al parque, porque había árboles. Al cine, no, porque decía que no le gustaba. A la abuela no la conocía más que por fotografía, como a papá y a mamá. O, por lo menos, no me acordaba de ella…

Título: Paulina (PDF-EPUB)
Autores: Ana María Matute
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 836 KB
Formato: PDF-EPUB

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Ana María Matute - Paulina (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Ana María Matute - Paulina (PDF-EPUB) Acababa de cumplir diez años cuando me llevaron con los abuelos, a la casa de las montañas. Primero hicimos un viaje muy largo, que duró cerca de tres días. Tuvimos que coger dos trenes, y al final (después de tomar café con leche en un bar al lado de la estación, de madrugada, con un frío muy grande), llegó el autocar, pintado de azul, que llevaba a las montañas. Desde luego, fue un viaje larguísimo.…

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