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Amin Maalouf – Samarcanda (PDF-EPUB)

Amin Maalouf – Samarcanda (PDF-EPUB)

Amin Maalouf - Samarcanda (PDF-EPUB)

Amin Maalouf – Samarcanda (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Amin Maalouf – Samarcanda (PDF-EPUB)

A veces, en Samarcanda, al atardecer de un día lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejón sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdián, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algún bebedor achispado, al que arrastrarán por el polvo, cubrirán de insultos y condenarán a un infierno cuyo fuego le recordará hasta el fin de los siglos el rojo reflejo del vino tentador.

De un incidente parecido nacerá el manuscrito de las Ruba’iyyat en el verano de 1072. Omar Jayyám tiene veinticuatro años y hace poco tiempo que llegó a Samarcanda. Esa tarde ¿se dirige a la taberna o es el azar del callejeo lo que le lleva hasta allí? Renovado placer el de recorrer una ciudad desconocida con los ojos abiertos a las mil sugerencias de un día que toca a su fin. Un chiquillo huye velozmente por la calle del Campo de Ruibarbo, descalzos los pies sobre los anchos adoquines y apretando contra su cuello una manzana robada en algún escaparate; en el bazar de los mercaderes de paño, en el interior de una tiendecilla situada a nivel más alto que la calle, se sigue disputando una partida de chaquete a la luz de una lámpara de aceite: dos dados que se lanzan, una palabrota, una risa ahogada; en el soportal de los cordeleros, un arriero se detiene cerca de una fuente, deja que el agua corra por el hueco de las palmas de sus manos juntas y luego se inclina acercando los labios como para besar la frente de un niño dormido; saciada su sed, se pasa las palmas de las manos mojadas por la cara, masculla unas palabras de agradecimiento, recoge del suelo una cáscara de sandía, la llena de agua y se la lleva a su animal para que a vez pueda beber.

En la plaza de los mercaderes de ahumados una mujer encinta aborda a Jayyám.

Apenas tiene quince años y lleva el velo levantado. Sin una palabra, sin sonrisa en sus labios ingenuos, le quita de las manos un puñado de almendras tostadas que acababa de comprar. El paseante no se asombra, es una antigua creencia en Samarcanda: cuando una futura madre encuentra en la calle a un forastero que le agrada, debe atreverse a compartir su alimento, así el niño será tan hermoso como él, tendrá su misma silueta esbelta y los mis rasgos nobles y regulares.

Omar mastica lentamente y lleno de orgullo las almendras restantes, mirando alejarse a la desconocida, cuando un clamor llega hasta él y le incita a apresurarse.

Pronto se encuentra en medio de una muchedumbre desenfrenada. Un anciano de largos y esqueléticos miembros está ya en el suelo, con la cabeza descubierta y los cabellos blancos revueltos sobre un cráneo tostado por el sol. Sus gritos ya no son más que un prolongado sollozo de rabia y de miedo. Sus ojos suplican al recién llegado.

En torno al desgraciado, unos veinte individuos, barbas encrespadas, garrotes vengadores, y a cierta distancia un coro de espectadores regocijados. Uno de ellos, al comprobar el semblante escandalizado de Jayyám le lanza con el más tranquilizador e los tonos: «¡No es nada, no es más que Jaber el Largo!». Omar se sobresalta, un estremecimiento de vergüenza le recorre el cuerpo y murmura: «Jaber ¡el compañero de Abu Alí!».

Un nombre de los más comunes, Abu Alí, pero cuando un letrado lo menciona así, con un tono de familiar deferencia, tanto en Bujara como en Córdoba, en Bali oen Bagdad, no cabe confusión alguna sobre el personaje: se trata de Abu Alí  Ibn-Sina, famoso en Occidente por el nombre de Avicena. Omar no llegó a conocerlo, ya que nació once años después de su muerte, pero lo venera como al maestro indiscutible de su generación, el poseedor de todas las ciencias, el apóstol de la Razón.

Jayyám murmura de nuevo: «¡Jaber, el discípulo preferido de Abu Alí!». Porque, aunque lo ve por primera vez, no ignora nada acerca de su patético y ejemplar destino. Avicena veía en él al continuador de su medicina y de su metafísica y admiraba la fuerza de sus argumentos; únicamente le reprochaba que profesarademasiado alto y demasiado brutalmente sus ideas. Este defecto le había valido a Jaber varias temporadas en la cárcel y tres flagelaciones públicas, la última en la Plaza Mayor de Samarcanda. Ciento cincuenta vergajazos en presencia de todos sus allegados. No se había repuesto jamás de esa humillación. ¿En qué momento pasó de la temeridad a la demencia? Sin duda a la muerte de su esposa. Desde ese momento se le vio errar en harapos, tambaleándose y voceando locuras impías. Pisándole los talones, manadas de chiquillos, riéndose a carcajadas, daban palmadas y le tiraban puntiagudas piedras que le herían hasta arrancarle lágrimas.

Mientras observa la escena, Omar no puede dejar de pensar: «Si no tengo cuidado, un día seré esta piltrafa». No es la embriaguez lo que más teme, sabe que no se abandonará a ella; el vino y él han aprendido a respetarse y jamás se tirarán mutuamente por tierra. Lo que más le asusta es la multitud y que derribe en él el muro de la respetabilidad. Se siente amenazado por el espectáculo de ese hombre en decadencia, dominado; quisiera apartarse de él, alejarse. Pero sabe que no abandonará a la turba a un compañero de Avicena. Da tres pasos despacio y dignamente y finge la mayor indiferencia para decir con voz firme acompañada de un gesto soberano.

Título: Samarcanda (PDF-EPUB)
Autores: Amin Maalouf
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.0 MB
Formato: PDF-EPUB

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Amin Maalouf - Samarcanda (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Amin Maalouf - Samarcanda (PDF-EPUB) A veces, en Samarcanda, al atardecer de un día lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejón sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdián, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algún bebedor achispado, al que arrastrarán por el polvo, cubrirán de insultos y condenarán a un infierno cuyo fuego le recordará hasta el fin de los siglos el…

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