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Alberto Vázquez-Figueroa – Todos somos culpables (PDF-EPUB)

Alberto Vázquez-Figueroa – Todos somos culpables (PDF-EPUB)

Alberto Vázquez-Figueroa - Todos somos culpables (PDF-EPUB)

Alberto Vázquez-Figueroa – Todos somos culpables (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Alberto Vázquez-Figueroa – Todos somos culpables (PDF-EPUB)

Salones, salones y más salones.

Pasillos, pasillos y más pasillos.

Ventanales abiertos a jardines, fuentes, el río y las praderas y nuevos ventanales abiertos a nuevos jardines, nuevas fuentes, el mismo río y nuevas praderas.

Valiosos cuadros, estatuas griegas y muebles de severa elegancia.

Alfombras persas, tapices españoles, alfombras turcas y tapices italianos.

Gigantescas y relucientes arañas de cristal a las que probablemente un ejército de sirvientes sacaba brillo a diario.

El severo mayordomo de impecable uniforme avanzaba a paso de carga sirviendo de guía a través del intrincado laberinto del majestuoso palacio, con la misma eficacia con que un «pistero» africano seguiría las huellas de un elefante por lo más profundo de la selva.

El hombre que intentaba seguirle, pero que a menudo se quedaba rezagado al detenerse extasiado por la belleza de un cuadro o una estatua, se veía obligado a apretar de tanto en tanto el paso si no quería arriesgarse a quedarse solo, e indefectiblemente perdido, en el corazón de un impresionante lugar que más parecía un museo abierto al público, que vivienda de un simple mortal.

Al poco, y gracias en parte a su innato sentido de la orientación y en parte también a que advirtió que el sol penetraba por los ventanales desde muy diferentes ángulos, el visitante llegó a la conclusión de que le estaban haciendo víctima, o beneficiario, según quisiera mirarse, de un intencionado recorrido turístico destinado no sólo a mostrarle incontables obras de arte, sino en especial a apabullarle con la incuestionable exhibición de riqueza y poderío de que hacía gala quien era capaz de encerrar semejantes tesoros bajo un único techo.

Llegó sin grandes esfuerzos a la lógica conclusión de que tenía que existir un camino mucho más corto desde la entrada principal al punto de destino, por lo que, aun sin proponérselo, comenzó a forjarse una idea de cómo sería el talante, la personalidad y la forma de comportarse, del dueño de semejantes maravillas.

La excursión concluyó cuando el circunspecto mayordomo le invitó a tomar asiento en una ancha butaca de cuero negro en uno de los extremos de un despacho del tamaño de una cancha de tenis, y cuyo mobiliario estaba en consonancia con el resto de la casa.

—El señor Lacroix le atenderá enseguida —fue todo cuanto dijo el estirado personaje antes de desaparecer por donde había venido.

De nuevo a solas, porque en realidad durante el tiempo que persiguió por los pasillos al uniformado individuo se había sentido igualmente solo, el recién llegado se entretuvo en recorrer con la vista la prodigiosa estancia, sin que le fuera necesario aproximarse a observarlos más de cerca para llegar a la conclusión de que el Goya, el Picasso y el Cézanne que colgaban de las paredes no eran vulgares copias.

Calculó que el todopoderoso Romain Lacroix le haría esperar entre siete y diez minutos, puesto que la experiencia le dictaba que aquel era el tiempo que un multimillonario de alta clase necesitaba para demostrar a sus invitados que era una persona muy atareada, sin correr el riesgo de caer en la descortesía…

Título: Todos somos culpables (PDF-EPUB)
Autores: Alberto Vázquez-Figueroa
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Alberto Vázquez-Figueroa - Todos somos culpables (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Alberto Vázquez-Figueroa - Todos somos culpables (PDF-EPUB) Salones, salones y más salones. Pasillos, pasillos y más pasillos. Ventanales abiertos a jardines, fuentes, el río y las praderas y nuevos ventanales abiertos a nuevos jardines, nuevas fuentes, el mismo río y nuevas praderas. Valiosos cuadros, estatuas griegas y muebles de severa elegancia. Alfombras persas, tapices españoles, alfombras turcas y tapices italianos. Gigantescas y relucientes arañas de cristal a las que probablemente un ejército de sirvientes sacaba brillo a diario. El…

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