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Abelardo Arias – Límite de clase (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – Límite de clase (PDF-EPUB)

Abelardo Arias - Límite de clase (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – Límite de clase (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Abelardo Arias – Límite de clase (PDF-EPUB)

Simuló no ver a Frau Lillian Morgenstelle, que estaba apoyada en la borda; su mirada de basilisco la hacia aparecer más vieja. ¿Acaso conocía su edad? Se había estremecido al sentirla tan cerca. Debía estar dispuesta a realizar un acto irremediable; arrojarse al mar, por ejemplo. Era capaz de hacerlo. La voz del obispo lo sobresaltó:

—Igual que en aquel viaje, ¿lo recuerda, senador Suárez Varela?

Lo miró sorprendido; Monseñor pensaba, también, en esa mujer.

—Por recordarlo estamos juntos, monseñor Méndez. ¡Quién nos iba a decir!

¿Nos sentamos aquí? Es agradable, fresco… y hasta apartado del mundanal ruido, en la medida necesaria como para que la gente se preocupe de uno… Claro que si se llega a exagerar en apartamiento se produce el olvido, ¡y esto es lo peor que nos puede suceder a los políticos! Ustedes tienen, según creo, algunas órdenes o congregaciones que pregonan el olvido, pero tengo entendido que en ellas no se llega a obispo…

—Así es, senador… Creo que ustedes, los políticos, tienen, también, partidos en los cuales no es dado llegar a presidente de la República…

—Sí, partidos casi de «contemplación»… Somos los místicos de la política.

Ante el obispo, no le importó mostrar esa lentitud en los movimientos de quienes comienzan a escoger el lugar, para evitar las corrientes de aire o para no dar un resbalón; vale decir, cuando ya se desconfía del propio cuerpo. Con calma eligió las reposeras.

—A los ateos les apetece coquetear con las palabras religiosas —contestó Xavier Méndez, dejándose caer con cierta elasticidad, como para marcar sutiles diferencias.

—¿Usted no sabe, monseñor, que la política es una de las artes menores de la coquetería? —Sin esperar contestación, agregó—: Tenemos muchos puntos de contacto…

Llegaba apagada la música desde el salón de fiestas. El baile del cruce de la línea ecuatorial, en el último viaje del «Turingia». Pronto sería reemplazado por un «Turingia» flamante y este, con otro nombre, como un descastado, haría cabotaje en el Pacífico. Igual le sucedería a él —se dijo Carlos Suárez Varela, estirándose voluptuosamente en la reposera— cuando el Partido resolviera que hacía falta «gente joven» en las senadurías; cuando empujaran demasiado los «divinos impacientes». Decididamente, la cercanía del obispo lo influía. Tendió la mano hacia la reposera vecina; ya no estaba allí Susana, su mujer. Un ligero tiritón, mezcla de vergüenza y miedo a la soledad; no la soledad del cuerpo, porque las mujeres continuaban ofreciéndosele, más aun, las maduras llegaban a una persecución que le fastidiaba. La otra soledad. Había previsto su separación con Susana. Quizá en esa misma reposera, no podía estar seguro después de veintitantos años, había imaginado la sensación que experimentaba hoy, exactamente. Se necesitaba llegar a su edad, para darse cuenta de que los años no creaban compartimientos estancos; que el espíritu no variaba, y que el paso del tiempo sólo se reducía a descubrir cualidades y defectos esenciales, a desarrollarlos y cultivarlos. Como la barrica al coñac, la madera de la vida le había dado madurez, color y perfume a sus cualidades y defectos, nada más. Esto no lo podía entender la gente joven y, para la mayoría de los viejos, no valía la pena demostrarlo: ha perdido la necesidad del diálogo. ¿Acaso se creía viejo? ¡De ninguna manera!

—Pero ¿en verdad, le parece extraño que nos hayamos reunido aquí? —preguntó Xavier Méndez, obispo de Corinto, como para sacar del ensimismamiento al senador.

Sin desearlo, su vista volvió a caer sobre Frau Morgenstelle. Lo verdaderamente raro, y que no cesaba de agradecer a Dios, era esa objetiva frialdad con que había mirado a las mujeres, casi toda la vida. La primera vez que había cruzado las piernas llevando una sotana puesta, había experimentado un sentimiento equívoco de vergüenza y temor: en su cuerpo dividido en dos, sus piernas las veía, desde arriba, como si se dibujaran bajo una falda de mujer; desde entonces, a menudo se levantaba la sotana para ver la botamanga del pantalón. Aún no lograba decidir si, de alguna manera, había deseado a Amrei Morgenstelle, la hija de esa mujer.

Carlos lo miró con socarrona simpatía, ¡obispo de Corinto!, como si a él lo eligieran senador de Lesbos. Mientras le hacía la pregunta, el obispo jugaba distraídamente con su cruz pectoral; repetía ese movimiento de años atrás. Los movimientos reflejos tampoco variaban, podía ser un buen método complementario de identificación policial. La cruz era de oro, regalo de los feligreses, pero oro al fin.

Acariciar ese oro debía ser el único pecado de este hombre maduro. ¿Por qué «el único pecado»? Su propio «pecado» era simplificar demasiado a los hombres, en particular a sus adversarios, luego clasificarlos y dar por terminada la tarea. Error sempiterno.

Título: Límite de clase (PDF-EPUB)
Autores: Abelardo Arias
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.1 MB
Formato: PDF-EPUB

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Abelardo Arias - Límite de clase (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Abelardo Arias - Límite de clase (PDF-EPUB) Simuló no ver a Frau Lillian Morgenstelle, que estaba apoyada en la borda; su mirada de basilisco la hacia aparecer más vieja. ¿Acaso conocía su edad? Se había estremecido al sentirla tan cerca. Debía estar dispuesta a realizar un acto irremediable; arrojarse al mar, por ejemplo. Era capaz de hacerlo. La voz del obispo lo sobresaltó: —Igual que en aquel viaje, ¿lo recuerda, senador Suárez Varela? Lo miró sorprendido; Monseñor pensaba, también,…

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