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Abelardo Arias – La viña estéril (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – La viña estéril (PDF-EPUB)

Abelardo Arias - La viña estéril (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – La viña estéril (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Abelardo Arias – La viña estéril (PDF-EPUB)

Martín Aranda se incorporó; los cascos le repiqueteaban en el pecho, le temblequearon las piernas. Arrojó el cigarrillo y adelantó unos pasos; los zapatos se hundían en la arena de desembanque del canal, las ramas pedigüeñas de los sauces lamían sus mejillas. El aire del río cercano aliviaba la piel y la tierra recalentadas por el sol; su cuerpo, y los otros, debían tener sabor acre de transpiración evaporada.

Corría el caballo cortajeado por la sombra de los álamos que la luna marcaba en el carril. Diana aparecía entre los angostos claros de los árboles; un chal de gasa flameaba a sus espaldas, como puesto de exprofeso para componer o prolongar la figura borroneando limites.

Apretó los labios, la dejaría pasar. No podía correr, prenderse del freno y detenerla como en alguna colorida ilustración romántica. Quedó inmóvil hasta que volvió a escuchar el susurro de las aguas gredosas en las cunetas. A la altura del callejón de la finca, el caballo disminuyó la marcha solo un instante y de nuevo los castos ametrallaron el macadam. Diana habría dudado o, quizá, fuera una señal. Se hundió en el túnel formado por las copas de los carolinos entrecruzadas sobre el camino, absorbida por la noche.

Desde las casas llegaron ladridos. Absurdo esperar tanto para comprobar lo que todos comentarían. Atravesó el alambrado; un pinchazo le ardió en la pantorrilla, ya no tenía agilidad como para escurrirse sin tocar el hilo de púas. El perfume de los durazneros, cuyas ramas se descuajaban por los frutos, cedió ante el de las magnolias.

Imágenes con sabor a álbum anacrónico, tapas de nácar, oro y plata, al cual hubieran arrancado determinadas fotografías para ocultárselas.

Quedaban luces en la pieza de su tía Tiburcia y en las dependencias del servicio.

Crujía, en diálogo, en eco, el ripio del camino, que entre palmeras y siemprevivas llevaba hasta el edificio principal. La escalinata de mármol, los peldaños gastados. Se dejó caer en una de las reposeras de las galerías. Le extrañó no ver luz en el escritorio de su padre. Quiso imaginarse solo en el caserón; no podían considerarlo un intruso, pero sí una visita inesperada; su padre lo había dispuesto así. Las puertas y ventanas estaban cerradas, como para atajar extraños, inclusive las de su dormitorio.

Tiburcia se había estremecido al escuchar el galope solitario. Historias de enfermos desahuciados, partos anticipados, espantos. Se persignó de prisa y volvió a la tarea de ordenar esas ropitas de niña, que habían sido de Diana. Las guardaba en el baúl; los refuerzos de bronce de la tapa brillaban a la luz rosada del velador con pantalla de seda y moños de terciopelo; de vez en cuando, con aire de ritual, colocaba un ramito de lavanda y, bajo el plisado de encaje negro, sus pechos se elevaban para caer en afligido suspiro.

Reconoció el tranqueo de botas en el vestíbulo; sobresaltada, las manos se le atropellaban, guardó sin orden y cerró la tapa. Simuló limpiar los frascos de cristal del tocador; el espejo le devolvía sus mejillas regordetas llenas de reflejos titilantes.

Su hermano Rafael entró sin llamar. Un perfumero se le deslizó.

—¿Qué estabas haciendo?

—Nada…, estaba arreglando estas friolerias. Nada… Nada…

—Te he visto, no mientas, Tiburcia. Mañana haré que lleven ese baúl a la despensa.

—¡No, Rafael, no! ¡Es mío y mamá me ha dado permiso para tenerlo! —El aire de triunfo fue diluyéndose en ademán de súplica, se dejó caer en la poltrona meneando la cabeza—. Yo no sé cómo se te ocurrió mandar a Martín a esa universidad tan lejos… —Atraída por la tromba sucumbió a la idea más temida, se rendía a lo irremediable.

Le costó contenerse para no chirlearla. Algún día sus manos obrarían aunque todo se descubriera, hasta la forma humillante en que dependía de ella.

—¡Nada tiene que ver mi hijo con Diana! ¡Nada! ¡Ni lo tendrá! Lo de ellos fueron chiquilinadas. ¿Entendiste? —exclamó, ronco de furor; la miró acoquinarse. Tras largo silencio, Tiburcia se animó a levantar la mirada; Rafael agregó, satisfecho—:

Tenemos que dar las buenas noches a mamá.

Título: La viña estéril (PDF-EPUB)
Autores: Abelardo Arias
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.3 MB
Formato: PDF-EPUB

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Abelardo Arias - La viña estéril (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Abelardo Arias - La viña estéril (PDF-EPUB) Martín Aranda se incorporó; los cascos le repiqueteaban en el pecho, le temblequearon las piernas. Arrojó el cigarrillo y adelantó unos pasos; los zapatos se hundían en la arena de desembanque del canal, las ramas pedigüeñas de los sauces lamían sus mejillas. El aire del río cercano aliviaba la piel y la tierra recalentadas por el sol; su cuerpo, y los otros, debían tener sabor acre de transpiración evaporada. Corría el caballo…

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