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Abelardo Arias – La vara de fuego (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – La vara de fuego (PDF-EPUB)

Abelardo Arias - La vara de fuego (PDF-EPUB)

Abelardo Arias – La vara de fuego (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Abelardo Arias – La vara de fuego (PDF-EPUB)

No podía comprender a Bernardo. Menos podía comprender a María Elisa. Menos aún podía comprenderme yo mismo; ni a Margarita, ni a Lucía; en cambio, a Jeanne y a Madame Listenois, sí. Había seres que cumplían su órbita con la seguridad de un planeta.

Quizá no estaba hecho para comprender, sino para dejarme arrebatar.

Palpé las tapas enteladas del cuaderno. Desde adentro otros dedos, yemas tibias, avanzaban para rozar dulcemente los míos; podían ser los de María Elisa. ¿Qué tiempo se necesita para saber cómo son las yemas de la persona amada?

¿No podían ser las yemas de los dedos de Bernardo? Quise borrar esos constantes temores; abrí el cuaderno.

¡Qué extraña letra! Era cierto, la letra mostraba inesperadamente el carácter de las personas; el delator es siempre inesperado.

También la muerte había llegado de manera inesperada y absurda.

La gente de la calle había saludado con mucha ceremonia el paso de la carroza y, salvo cuatro o cinco personas, a nadie importaba su muerte.

Los corpúsculos de polvo bailoteaban en el rayo de sol que entraba por mi ventanita. Podía ser el idioma desconocido de seres aún más ignorados, que se expresaban por esa danza. ¿La muerte era, acaso, más comprensible?

Comencé a leer. Sus fechas eran iguales a las mías; pero de un contenido muy diverso. Acusación o excusa: anverso o reverso de la propia inseguridad.

Sí, esa fecha la recordaba con claridad en mi propia cuenta. Las hojas del almanaque habían repetido su chasquido movidas por el aire que entraba a través de la ventana. Luego, llegó el campaneo de los cuartos de hora; después, el de las horas, mientras el número rojo del día se destacaba reflejado en el espejo.

Terminaron las campanas de la iglesia, tuve imperioso deseo de levantar la sábana y mirar. Olor rancio; los deseos de la noche anterior, una vez satisfechos, tenían que oler mal, les faltaba la sal de la curiosidad. Acaso, todo era más simple: teníamos que hacer buches, lavarnos los dientes o visitar al dentista. Su pierna desnuda aparecía pegada a la mía; estábamos totalmente desnudos: sin secretos, ni deseos. Vacíos.

Quería recuperar mi cuerpo, la frescura de mi piel.

Recorrer las pieles tersas era como tenderme en un cantero de frescos malvones y sentir que las hojas jugosas y aterciopeladas se pegaban a mi cuerpo. Ya pasado todo, se me antojaban repasadores de cocina manchados de grasa, que al enfriarse toma consistencia y cuyo sólo contacto repugna.

A través de los barrotes de hierro de la cama, retorcidos en florones pintados de blanco, veía mi ropa echada con prisa en el respaldo de una fea silla negra cuyo asiento de esterilla parecía desfondado por una rodilla fofa y pesada. El pantalón, colgante una de las piernas y la otra encaramada sobre el respaldo de la silla donde el saco se combaba como la chaqueta de un jorobado, formaba carriles a la corbata verdosa que serpenteaba entre las ropas como una lagartija.

Georgette respiraba acompasadamente; de pronto, con estertor de agonizante, cambiaba el ritmo y, luego, de nuevo, volvía al calmo y fatigado alentar. Un reloj despertador hacía el contrapunto de la respiración.

Por el tragaluz comenzaba a entrar el lívido claror del alba, mezclado con los ruidos de los tachos de basura removidos en el patio interior.

Aplasté el cigarrillo en un cenicero que, al recuperar el equilibrio perdido bajo la presión de mi mano, golpeó con sonido de loza ordinaria sobre el mármol rajado de la mesa de luz.

Una oleada de aire fresco volteó las hojas sueltas del pequeño calendario, que colgaba de su cinta roja en una perinola del tocador, cuya luna se tornaba plomiza.

Las cortinas de cretona comenzaron a batir con torpeza de alas de pingüino. ¿Por qué pensaba en los pingüinos que sólo había visto en el cine, en el Zoológico o en el anuncio multicolor de una cervecería? Mis compañeros de la Facultad y del Club baldaban de mujeres y sólo conocían las de los dancings, de los cafés del bajo, o esas que hacían señas desde los zaguanes oscuros en algunas casas del centro.

Un ronquido sibilante, envuelto en aliento pastoso, cortó mis pensamientos. El carrillón de la Iglesia del Santísimo Sacramento tocó los cuatro cuartos; esperé atento hasta que cinco minutos después, llegaron las seis campanadas de la hora, que antes de terminar se mezclaron a las graves de la Torre de los Ingleses.

Comencé a vestirme. Georgette no se movió; dormía con la boca

semiembadurnada de carmín; casi no le había dado tiempo de quitárselo. La sábana la cubría hasta el mentón. Sobre las mesas pintadas de blanco, en las ferias al aire libre, había visto trozos de carnaza semejantes a su boca.

Cerré de un golpe la puerta del departamento. Bajaba el ascensor aún iluminado, y me colé después de esquivar los tachos de basura que el portero acababa de retirar en los pisos superiores.

Ya en la calle, respiré hondo el aire que subía desde el río.

Trepé en un colectivo que pasaba por la calle Córdoba y fui a dejarme caer en el ancho asiento trasero.

Título: La vara de fuego (PDF-EPUB)
Autores: Abelardo Arias
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.4 MB
Formato: PDF-EPUB

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Abelardo Arias - La vara de fuego (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Abelardo Arias - La vara de fuego (PDF-EPUB) No podía comprender a Bernardo. Menos podía comprender a María Elisa. Menos aún podía comprenderme yo mismo; ni a Margarita, ni a Lucía; en cambio, a Jeanne y a Madame Listenois, sí. Había seres que cumplían su órbita con la seguridad de un planeta. Quizá no estaba hecho para comprender, sino para dejarme arrebatar. Palpé las tapas enteladas del cuaderno. Desde adentro otros dedos, yemas tibias, avanzaban para rozar…

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